«En el principio creó Dios los cielos y la tierra.
Y la tierra estaba desordenada y vacía, y las tinieblas estaban sobre la faz del abismo, y el Espíritu de Dios se movía sobre la faz de las aguas. Y dijo Dios: Sea la luz; y fue la luz.
Y vio Dios que la luz era buena; y separó Dios la luz de las tinieblas.»

Génesis 1:1-4

La impiedad es un concepto que gira en torno a la ausencia, acaso voluntaria, de Dios. Esto suele llevar a calificar de impío a todo aquello que es contrario a la divinidad, a la religión. Que ofende o choca frontalmente contra Dios. Pero, ¿qué Dios? ¿Qué divinidad? Las criaturas que imaginó H. P. Lovecraft como primeras pobladoras de nuestro planeta podrían tomarse por impías desde una perspectiva religiosa concreta, pero ¿no es acaso su poder, su ominosidad, su concepción inabarcable calificable como otra forma de divinidad? Los Antiguos, que poblaron los mares y la tierra, enfrentados a gigantescos invasores tentaculares para recuperar de nuevo su dominio sobre el planeta, fueron los primeros creadores de vida en este mundo. Una raza superior que ajustaba los ciclos vitales de sus creaciones a la pura necesidad, hasta que estas se volvieron contra sus creadores. ¿Es esto impiedad? ¿O tal vez la encarnación de uno de los mayores miedos del ser humano, es decir, su irrelevancia universal? ¿O es ambas?

Siendo una de las novelas cortas más famosas de Lovecraft, En las montañas de la locura también es una de sus obras más complicadas de adaptar a otro medio, por dos razones principalmente. La primera es formal, dado que el texto original es uno de los más densos y con mayores problemas de ritmo de su bibliografía, absorto su autor en los textos de los exploradores de la Antártida que sirvieron (junto al Arthur Gordon Pym de Edgar Allan Poe) como inspiración para la obra. Sus protagonistas son un geólogo y un biólogo, pero sobre todo lo son sus intereses científicos en una nueva exploración antártica que los llevará al descubrimiento de aquellas civilizaciones extraterrestres primigenias más allá de la cordillera negra que da título a la obra.

Este escenario complejo e inenarrable nos lleva a la segunda razón por la que se dificulta la adaptación visual de la novela, y es que las copiosas y atmosféricas descripciones que Lovecraft plantea para construir sus horrores cósmicos son… indescriptibles, valga el oxímoron. La adaptación de Gou Tanabe es, probablemente, una de las más fieles y sugestivas que se han hecho hasta la fecha, con un estilo gráfico que se aproxima más al cómic europeo que al manga, sobre todo en sus figuras (si bien estas fronteras quedaron difuminadas mucho tiempo atrás). Por esta razón, los pasajes más terroríficos cumplen absoluta y abrumadoramente su función, con unos personajes que realmente se sienten extraños, fuera de lugar. Sin embargo, el tedio que provocan ciertos pasajes del texto original de Lovecraft, sobre todo en lo narrado en lo correspondiente al primer volumen de este cómic, parece inevitable.

Tanabe recorta con mucho tino buena parte de las farragosas descripciones técnicas sobre la expedición antártica, generando interés en ese arranque seco al introducir un prólogo que adelanta una de las terribles escenas clave, y salva con poderosos escenarios (anti)naturales a toda página o a doble página las redundancias en los detalles de la paisajística de Lovecraft, acertando también al eliminar el texto, rindiéndose a lo ominoso. No obstante, el mangaka no es infalible y tiene sus propios desatinos, destacando la escasa y confusa diferenciación de rostros entre varios personajes, en especial en ese arranque donde el elenco aún no se ha reducido considerablemente. A ello contribuye también la decisión de dibujar los ojos de todos en un perpetuo estado de alucinación e intensidad.

Pero nadie viene a una adaptación de Lovecraft a ver paisajes (en un debidamente apabullante blanco y negro) o a disfrutar de clases de geología o biología por parte de exploradores científicos que son, en su mayoría, carnaza para bestias innombrables. Así, el contenido por el que el torturado literato es famoso brilla con luz propia, desde el retorcido diseño de los Antiguos o los Shoggoth de Tanabe, hasta su progresivamente inefable atmósfera que ahoga e invade al lector, sobre todo en el segundo volumen. El poder de los silencios que facilita la representación gráfica del artista compensa con creces la pérdida del elemento pesadillesco que proporciona leer lo innombrable, lo inasumible, lo que no puede existir pero, incomprensiblemente, existe.

Una afirmación que suele acompañar al análisis de las obras de H. P. Lovecraft es la de que tienen más valor como generadoras de conceptos que como literatura propiamente dicha. Y es cierto que el potencial mítico de sus criaturas está a la altura de el del autor, dejando a un lado sus infames posturas ideológicas. Habiendo leído el texto original antes de abordar la lectura de esta adaptación, Tanabe eleva muchos de los grandes defectos de Lovecraft como escritor, pero también resulta innegable que esa naturaleza a menudo anti-catártica de sus horrores (y sus miedos) hace de toda traslación a otro medio una depuración que se deja algunas virtudes por el camino. Queda al juicio de cada cual determinar las bondades comparativas de este manga con la novela, pero no cabe duda de que Gou Tanabe ha buscado (y, en buena parte, conseguido) hacer justicia a ese potencial mítico e impío en Las montañas de la locura.



Las montañas de la locura
, Vols. 1-2
,

de Gō Tanabe (adaptando a H. P. Lovecraft)
Planeta Cómic

Contenido:
Kyōki no Sanmyaku nite: Lovecraft Kessakushū
(Enterbrain / Kadokawa, 2016-2017)

Cartoné. 288-336 páginas. 20€.
Entre el 14/04/2021 y el 07/07/2021.
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