«He estado viviendo bajo una piedra / He estado enferma a todas horas
Pero la vida está volviendo a mí…
Los días han sido aburridos / Las tardes han sido vacías
Pero la vida está volviendo a mí…
»

Michelle Gurevich, «Life is Coming Back to Me» (Ecstasy in the Shadow of Ecstasy, 2020)

2020… En estas primeras palabras suele ir una vista atrás a lo que ha supuesto el año para mi entorno, para el mundo en general y para el mundo del cómic en particular. Pero no, el 2020 no es un año para resumir porque la experiencia ha sido la misma para la mayoría. Arranque irregular, accidente de tren que dura lo que un parto y se desborda sobre 2021 en forma de pandemia, diversos sectores en crisis, y una cantidad mínima de buenas noticias que, o bien se ven lejanas (el varapalo al populismo fascista con la caída de Trump), o bien se encuentran tan cerca como lejos (esas vacunas que no terminan de llegar a todos mientras seres desaprensivos se aprovechan). Ni qué decir de las nuevas oleadas de xenofobia, transfobia, clasismo… 2020… Vete a la mierda, 2020.

Una vez más, debo recordar que esto no es una lista de Lo Mejor del Año, entendido literalmente, sino de las lecturas que más he disfrutado a lo largo de 2020 y que, por tanto, un puesto superior a otro no equivale a una calidad superior, sino a un mayor disfrute personal por mi parte. Estos son los requisitos para entrar en la lista de Globos de Pensamiento:

  1. Tebeos publicados en España en 2020.
  2. Tebeos publicados por primera vez. Nada de reediciones.
  3. Tebeos que YO haya leído.

Estoy seguro de que habrá cómics que echaréis en falta en la lista: ver punto número 3. Si no están, lo más probable es que no los haya leído, así que no voy a fingir lo contrario. Otra posibilidad es que tu tebeo favorito no me haya gustado. En ambos casos, os remito al título del artículo. Y sin más que añadir, ¡os deseo un feliz sano 2021!


la-novia-era-un-chico74 – Skip,
de Molly Mendoza (Dibbuks)

En la mayoría de viajes de autodescubrimiento que consumimos podemos encontrar algo con lo que identificarnos, tanto a nivel emocional como de experiencias vividas, especialmente en historias de juventud. El caso de Skip resulta un claro ejemplo de lo primero y un imposible de lo segundo. Y es que Molly Mendoza decide plantear su reflexión sobre el paso de la infancia a la adolescencia, sobre la identificación y puesta en valor de nuestras virtudes, sobre la importancia de la empatía y sobre, en definitiva, el comienzo de la formación de nuestra personalidad… en un viaje interdimensional compartido por un habitante de un mundo postapocalíptico y el de otro completamente fantástico. La historia sigue a dos jóvenes a través de dimensiones a las que cruzan cuando deciden tomar las riendas de una situación complicada para elles (lenguaje inclusivo explicitado en la obra). Y esto permite a Mendoza explotar su poderosa imaginación con páginas de composiciones impresionantes, plasticidad apabullante, diseños originales y colores fluctuantes, líquidos, explosivos que hacen del tebeo toda una experiencia visual.

la-casa-de-los-insectos-768x108073 – La casa de los insectos,
de Kazuo Umezz (Satori)

Una de las buenas noticias que ha traído el 2020 ha sido la recuperación por parte de la editorial Satori del maestro del terror japonés Kazuo Umezz. Más arriba en esta lista hablaremos de una de sus grandes obras inéditas hasta ahora, pero también cabe destacar la notable antología de relatos de ¿terror? que es La casa de los insectos. Los interrogantes provienen de que la propuesta de Umezu no es horror al uso, sino una perversión romántica del género en ambos sentidos: por un lado, por las reminiscencias de esos miedos inexplicables o situaciones retorcidas y deprimentes, que aterran por realistas, como un Edgar Allan Poe; y por otro, porque la mayoría de las historias hablan de parejas autodestructivas o amores mal entendidos que, a menudo, reflejan el machismo de la sociedad japonesa (siendo importante remarcar que estos relatos fueron publicados originalmente entre los años 70 y 80. A nivel gráfico, Umezz es especialista en construir atmósferas, casi siempre nocturnas y desasosegantes, destacando especialmente en la historieta homónima donde Kafka se da la mano futuriblemente con Cronenberg. Una obra más incómoda que terrorífica, a medida de pesimistas irredentos.

72 – Assassin Nation,
de Kyle Starks y Erica Henderson (Planeta)

La premisa de Assassin Nation es sencilla: el líder de uno de los principales clanes criminales reúne en la misma sala a los mejores asesinos del mundo para detener al asesino que ha colocado una diana sobre su cabeza. ¿Qué podría salir mal? Directa, sin dobleces y sin pretensiones, excelente para una historia autocontenida en la que sus autores se luzcan representando a un buen puñado de voces y cuerpos en una comedia de acción con ritmo frenético y nuevos cadáveres en cada entrega. El guionista, Kyle Starks, es prácticamente un especialista en este tipo de propuestas (Sexcastle, Kill them all), con asesinos como protagonistas, un nada velado homenaje al cine de acción de los 80-90, y excesos violentos intercalados con una comicidad absurda. En el apartado artístico, la obra permite a Erica Henderson dibujar la acción más variada y mejor narrada de su carrera (a rebufo de su Imbatible Chica Ardilla), apostando por una pluralidad de cuerpos y expresiones que la afianzan como una autora a tener en cuenta en cualquier género (véase Dracula Motherf**kr, su reciente novela gráfica de terror exploitation). Assassin Nation estalla, pues, para desmontar una serie de tópicos del género de acción de finales del siglo pasado, mientras vuelan balas y chascarrillos sin fin. [Reseña completa]

SHMMA373_071 – XTC69,
de Jessica Campbell (Astiberri)

Parodiando las narrativas distópicas en las que la «guerra de sexos» (con todas las connotaciones cuestionables de tal denominación) sirve como estructurador social, la última obra de Jessica Campbell presenta un viaje espacial por la supervivencia de la especie siglos después del apocalipsis en la Tierra. Con la excusa de una segregación evolutiva por género, la reproducción ya no es posible por medios científicos y es necesario que las protagonistas encuentren a hombres cisgénero para fomentar la fecundación. El arte de Campbell, abrazando un estilo cartoon, de tira cómica, se entrega totalmente a un guion que fluye cómodamente entre el absurdo y la reivindicación feminista, a menudo a través del contraejemplo (sublimado en el epílogo en el que se pregunta a la autora si no teme que su obra sea «misógina para los hombres» [sic]). La lectura resulta tan rápida como sus chistes, sin voluntad de profundizar demasiado en la materia y primando la comedia, como ya ocurría en otra obra hermanada con esta, el Woman World de Aminder Dhaliwal (con un resultado más redondo que el de Campbell). Así, XTC69 se resuelve como un efectivo sketch cómico sin mayores pretensiones que arrancará, como mínimo, una sonrisa constante.


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978846793943901_g70 – Satélite Sam,
de Matt Fraction y Howard Chaykin (Dolmen Editorial)

En la Nueva York de los años 50, la posguerra mundial se escuda en las apariencias para olvidar penurias pasadas. Las televisiones ya se pueden encontrar en casi todos los hogares, las familias se reúnen al calor del tubo catódico y, como una evolución de los seriales radiofónicos, los estadounidenses asisten a todo género de proto-series de televisión. Uno de los géneros prominentes, al igual que en el cine de la época, es la ciencia-ficción y Satélite Sam es el buque insignia de su compañía televisiva… pero su estrella principal acaba de aparecer asesinada en su apartamento, rodeado de fotografías eróticas de diversas mujeres. Siete años después de su publicación original, esta colaboración entre el verborreico guionista Matt Fraction y el provocador artista Howard Chaykin disfraza un retrato de época de misterio con tintes de thriller y una poderosa necesidad de asistencia psicológica en sus protagonistas. El trabajo coral de Fraction, pese a centrar el foco en el hijo del difunto, favorece un abanico mayor de personalidades y sus particularidades en unos tiempos complicados, y si bien Chaykin sigue recurriendo a sus rostros y maneras habituales, sin ser esta su mejor obra, sigue resultando envidiable su capacidad para plasmar escenarios llenos de marcas temporales. En el fondo, Satélite Sam parece una película de Martin Scorsese co-escrita por Woody Allen; sirvan estas dos referencias para acercar o alejar a su público potencial.

PORTADA_JPG_WEB_bizarro69 – Destellos,
de Jen Wang (Sapristi)

Si El príncipe y la modista daba un giro más complejo de lo aparente al romance, Jen Wang vuelve a hacer lo propio en Destellos con la amistad juvenil. De entrada, la autora nos abre las puertas a la comunidad asiático-americana a la que pertenece, presentando a dos niñas de dos familias muy diferentes y que, a priori, no encajan la una con la otra. Pero que lo que ha unido la magia del K-pop no lo separen unos padres conservadores. Y si bien el drama proviene de este choque y de los efectos que la enfermedad puede tener en la formación del carácter y la forma de ser de una persona, ese poder de la amistad verdadera es lo que prima en el guion de Wang. En el apartado gráfico, mantiene la calidad narrativa de su anterior trabajo, si bien sacrifica nivel de detalle en pos de la mayor ligereza del relato, claramente orientado a un público más joven. Línea clara, colores vivos y una efectiva expresividad que emociona tanto con sus rostros que hace de los silencios una herramienta más elocuente que las conversaciones. Un viaje dramático que deja un poso de calidez.

Katie O'Neill - Érase una vez dos princesas - forro.indd68 – Wonder Woman: Tierra muerta, Vol. 1 (de 2),
de Daniel Warren Johnson y Mike Spicer (ECC Ediciones)

Cuando en una de las grandes editoriales superheroicas se plantea un tebeo fuera de la continuidad oficial, su propuesta tiende a ofrecer algo distinto desde la profundidad temática o desde un escenario sugerente (no siempre del todo explotado). Daniel Warren Johnson, en la línea de su Extremity, opta por la segunda vía en este festival de acción superficial pero impresionante de su Wonder Woman post-apocalíptica. ¿Qué ocurrió para llegar a este universo DC en ruinas? Poco importa: en Tierra Muerta el público viene a aplaudir a la princesa amazona reconvertida en Imperator Furiosa abriéndose camino en busca de respuestas en un festival de acción desenfrenada y potencia artística absoluta de los detallados lápices y afiladas tintas de Warren Johnson (completados por el trabajo entre árido y mágico de Mike Spicer al color). Para lo bueno y para lo malo, Wonder Woman: Tierra muerta emparenta con el Shaolin Cowboy de Geof Darrow en tanto que el argumento y su voluntad de contar una historia están totalmente supeditados a la creación de grandes momentos visuales, de postales ultraviolentas y de la deconstrucción y perversión de los referentes editoriales de Diana. Es esta superficialidad la que choca con las mínimas pretensiones de Warren Johnson (confirmado todo ello al leer la obra completa) y pierde la oportunidad de hacer algo más relevante, como ya le ocurriera a Darrow. Impecable como tebeo de acción superheroica… pero si no le pedís más lo disfrutaréis en mayor medida.

67 – Isolada,
de Keiler Roberts (Alpha Decay)

Memoria gráfica con más intención cómica y casi auto-terapéutica que relatora, la primera obra de Keiler Roberts publicada en nuestro país es algo diferente. Un diario de la cotidianeidad de una persona enferma, un repaso al tragicómico día a día de una madre, un espejo de las frustraciones rutinarias de una artista, una visión inherentemente surrealista de las convenciones sociales de la vida adulta… Isolada es la invitación a un cómico allanamiento de la morada mental de Roberts. Con la sobriedad sincera de su trazo simple, la obra provocará un efecto distinto en cada persona que se acerque a ella; entre la superficial indiferencia de quienes se queden en los episodios cómicos y la profunda implicación de aquellas personas que se sientan identificadas, se abre un abanico de posibilidades. Al fin y al cabo, la autora está abriéndonos una ventana a su vida. Está en nuestras manos pasar de largo al verla, asomarnos a ver qué se cuece o directamente llamar a la puerta para entrar. Pero nadie podrá dudar de la honestidad descarnada de una ventana abierta. [Reseña completa]

66 – Endevi: Eniale & Dewiela, Vols. 1-3 (de 3),
de Kamome Shirahama (Milky Way Ediciones)

Antes de convertirse en una superestrella internacional gracias a Atelier of Witch Hat, la mangaka Kamome Shirahama ya dibujaba como los ángeles… literalmente. Endevi es una comedia de enredos protagonizada por la angelical Eniale y la diabólica Dewiela, dos amigas a la fuerza que no pueden evitar meter la pata de un modo u otro mientras tratan de recolectar las almas de los difuntos para que entren al cielo o al infierno. Escenarios casi apocalípticos, pactos demoníacos que se van de las manos, remedios milagrosos que acaban colapsando el sistema organizativo de la transición al más allá… En apenas tres tomos Shirahama nos hace empatizar con la ineptitud de las dos amigas (que bien podrían ser algo más). Además, añade a la atención al detalle y a la inocencia de sus figuras, ya demostradas en Atelier, una vis cómica genial y una nueva faceta de sensualidad que se aleja totalmente de lo excesivo u obsceno y que, solo por el apartado gráfico, ya merece la pena hacerse con la obra. Endevi es entretenimiento puro, en todas las acepciones del adjetivo.

65 – Colmillos,
de Sarah Andersen (Bridge)

Sarah Andersen, autora de algunas de las tiras cómicas que más circulan por las redes sociales desde hace años (recopiladas como Sarah’s Scribbles en diversos tomos), se lanzó en octubre de 2019 a realizar una propuesta distinta: un webcómic romántico protagonizado por una vampira y un hombre lobo, con un estilo de dibujo mucho más realista de lo habitual en ella. No obstante, Andersen no iba a dejar de lado su formato de humor gráfico y la estructura de la obra consiste en ilustraciones y tiras cómicas relatando de forma autoconclusiva la progresión en la relación de la pareja. La evolución del estilo artístico de la autora, salpicado con dejes de su estilo cartoon habitual, favorece tanto la expresividad de (e identificación con) sus personajes, como la fuerza de los gags. Los tópicos románticos se entremezclan con los propios de los subgéneros de terror de vampiros y licántropos, pasados por la pátina de humor millennial de la autora, dando como resultado un descacharrante tebeo cómico que funciona como regalo perfecto en Halloween o en San Valentín.

64 – El difícil mañana,
de Eleanor Davis (Astiberri)

Eleanor Davis, autora emergente del independiente americano, nos presenta en El difícil mañana un relato espeluznantemente contemporáneo en torno a la precaria situación social, laboral y medioambiental. Más cercano, pues, a su muy humana Tú, una bici y la carretera que al surrealismo del manifiesto creativo de ¿Arte? ¿Por qué?, esta obra nos habla del choque de dos caminos, lucha o escapismo, frente al monstruo aparentemente inamovible del apocalipsis al que está abocado el planeta en nombre del progreso. Por fortuna, para alejarse de lo panfletario, Davis plantea esta colisión en el seno de una pareja que trata de salir adelante con un modo de vida alternativo. Las figuras humanas, de trazo limpio y formas redondeadas, se ven progresivamente atrapadas en las texturas de tinta y las masas de negro, a medida que las tensiones internas y las presiones externas exprimen a la pareja hacia un clímax unificador con un supuesto mensaje de esperanza. No obstante, la interpretación del mismo queda abierta a interpretación, con un final inteligente que, sin embargo, puede consolar o enfadar a quien lo lee. Propuestas que nos hacen pensar y pensarnos.

63 – El humano,
de Diego Agrimbau y Lucas Varela (La Cúpula)

Los escenarios apocalípticos están copando los relatos futuristas o de ciencia-ficción en los últimos años, probablemente debido a la cada vez más evidente emergencia climática. No es entonces de extrañar que la mayor parte de estas obras nos pongan un espejo como especie y nos obliguen a preguntarnos qué haríamos si tuviéramos en nuestra mano el poder de modelar el mundo. Lo que nos trae El humano es un planteamiento provocativo: ¿es posible el heroísmo y la voluntad de hacer el bien cuando ya no queda nadie para observar tus heroicidades? Diego Agrimbau y Lucas Varela nos dicen que no al comienzo de la obra y van más allá, haciendo que la actitud del protagonista derive en egolatría destructiva. Un hombre solo en un planeta que debe reconstruir desde cero acabará replicando las herramientas de poder patriarcal con las que nació, erigiendo un mundo a su imagen y semejanza ¿sin salvación posible? A este planteamiento aparentemente pesimista lo hace brillar el arte de Varela, con inteligentes diseños de una tierra post-apocalíptica que nada tiene que ver con paisajes desérticos y mucho con un jardín del Edén tecnoorgánico de mecánicos grises y sangrientos rojos en el que Adán ya solo oye su propia voz. Un cuento con advertencia, en lugar de moraleja.

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62 – Faithless, Vol. 1 (de 3),
de Brian Azzarello y María Llovet (Panini Cómics)

Cuando el cuerpo es el lienzo, el placer su pincel y los fluidos intercambiados la pintura que salpica el aire, la estancia, la galería del sexo, por un momento somos otra persona, un alma flotante a disposición de quien nos acompaña, una vida que abandona el cascarón mortal por un instante y se une a una experiencia común. En ese no-espacio habita el demonio, según algunas religiones; para algunas de ellas, esto no se afirma como algo malo. En los tiempos del arte efímero que encumbra artistas vacíos, de la absurdamente alta influencia social al alcance de cualquiera a través de las redes, y del culto a la satisfacción inmediata en todos los ámbitos de la vida, ¿qué es el demonio? ¿Le queda algo con lo que tentarnos? Faithless, de Brian Azzarello y María Llovet, es un thriller erótico sobrenatural sobre Faith, una artista que se ve aupada al mundo de la farándula por una mujer cautivadora con la que entabla una relación y por un extraño gurú de las galerías de arte con poderosas influencias. Azzarello juega a la ambigüedad, a transmitir sensaciones, inquietud, dudas a través de la experiencia de Faith y de nadie más, descolocando al lector en un viaje psicotrópico repleto de misterio y sensualidad otorgados por el sugerente apartado artístico de Llovet, principal atractivo de la obra. Sus rostros, sus gestos, sus colores winding-refnescos (a lo Neon Demon) nos retuercen y salpican, suplicando por más con un cinturón al cuello. [Reseña completa]

SHMMA373_061 – Todas nosotras,
de Elizabeth Casillas e Higinia Garay (Astiberri / Mundubat)

Hace menos de un mes se alcanzaba el hito histórico de la despenalización legal del aborto libre en Argentina hasta la semana 14 del embarazo, similar a la que rige actualmente en España y que cierto sector retrógrado de la política de nuestro país aún pone en cuestión. No obstante, Argentina es una de las pocas excepciones en América Latina, estando El Salvador en el extremo opuesto. La obra de Elizabeth Casillas e Higinia Garay es un cómic documental que pretende denunciar la situación en el país y dar voz a mujeres que son rechazadas por sus familias, señaladas por la sociedad e incluso juzgadas y encarceladas por cualquier tipo de interrupción del embarazo, incluida la accidental y sea cual sea el origen de dicha gestación (incluida la violación). En colaboración con la ONG Mundubat y la documentalista Itxaso Díaz, Todas nosotras forma un tándem con el cortometraje documental La historia de todas nosotras, que cumple una función similar. No obstante, el cómic cuenta con la poderosa labor artística de Garay, cuyo estilo gráfico entre el cartelismo y el diseño gráfico, sumado a una calurosa paleta de color con abundancia de morados, termina de dar vida a estas mujeres a las que durante tanto tiempo y de manera tan injusta se les negó. Una obra educativa que convendría que mucha gente leyera para evitar errores del pasado (y del presente).


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978846793943901_g60 – Bloodborne, Vol. 3 (de 4): Canción de cuervos,
de Aleš Kot, Piotr Kowalski y Brad Simpson (Norma Editorial)

Al hablar de las anteriores dos entregas del cómic de Bloodborne en el Top del año pasado, mencionaba lo extraño de que un producto de encargo adaptado de otro medio como los videojuegos tuviera, no solo una calidad decente, sino un interés narrativo propio. Pues bien: este tercer volumen (recordemos que son autoconclusivos) va más allá y es el mejor y el peor tebeo de la saga. Partamos de que Bloodborne se construye en torno a un escenario de terror gótico recargado en el que habitan supervivientes que lo son únicamente de nombre, almas en pena que se mantienen vivas casi exclusivamente por la misión de hacerlo. Esta Canción de cuervos sublima el bucle vital abrazando el vacío interior de uno de sus personajes, Eileen el Cuervo, en un tebeo narrado casi íntegramente mediante silencios, los sucios, detallados y decadentes lápices y tintas de Piotr Kowalski, y una paleta apagada de color de Brad Simpson que invita a sucumbir como su protagonista. Aleš Kot, parco en palabras, se hace a un lado para dar alas a un Kowalski haciendo el trabajo de su vida, no sin dejar la semilla de ese bucle, de esa nada existencial que sangra desde el interior de la condenada Eileen, esperando arrastrar a sus lectores al abismo. Entrar al juego supone que el abismo te devuelva la mirada, y no hacerlo te condenará a deshacerte del tebeo para siempre.

59 – Tamara de Lempicka,
de Virginie Greiner y Daphné Collignon (Planeta Cómic)

El París de los años 20 es ese periodo altamente idealizado que parece impregnar en muchos aspectos la imagen que tenemos de la Francia chic. Estética por encima de ética, festividad y liberación por bandera, y una aparente oda constante a la belleza, siempre presente en el arte y la cultura. Aunque, claro está, todo esto se cumplía exclusivamente si pertenecías (o eras adyacente) a la alta sociedad. Y este es el marco del episodio concreto de la vida de la pintora Tamara de Lempicka que Virginie Greiner y Daphné Collignon han decidido relatar: el ascenso social en París de una mujer exiliada de la recién difunta Rusia de los zares a través de su obra pictórica y de las grandes fortunas que muestran interés en ella (y en ella). Como ocurre a menudo con los biopic en el cine, la acotación vital que supone la obra de Greiner y Collignon gira en torno a un episodio concreto: una pintura pensada pero no realizada de la artista, porque aún no ha encontrado a la modelo perfecta. Su resolución, por esperable, puede resultar fría, pero esa supuesta frialdad (acentuada por la belleza sutil pero arrebatadora del arte de Collignon) parece mandar el mensaje opuesto en numerosos pasajes, en el tira y afloja entre la deteriorada vida familiar y la fachada del exceso social. Tamara solo se percibe auténtica en el disfrute de sus deseos, de su sexualidad satisfecha en libertad. Y como el apartado artístico se sublima finalmente a la sombra del estilo de la pintora, ella lo hace a la sombra de la mujer que pretendía ser.

58 – Heathen, Vol. 2 (de 3),
de Natasha Alterici (Astiberri)

Sustituyendo épica por emoción, el segundo volumen de la vikinga forzada al exilio por amar a una mujer nos lleva de las frías montañas a los procelosos mares, sumándose Aydis a una tripulación de mujeres pirata (guiadas por sirenas caníbales) en busca de la entrada al reino de los dioses. Natasha Alterici, con un estilo más limpio, aunque también algo más caricaturesco en sus figuras, hace converger la trama principal con la de la valquiria maldita Brynhild y las luchas de poder en un Valhalla patriarcal donde Odín no acepta ser cuestionado. Esto lleva a que el guion se resienta respecto a la entrega anterior, por ejercer de puente entre aquel arranque potente y un futuro prometedor. Pero los diálogos ágiles, el mensaje de fondo, las soluciones tan humanas de Aydis, y la agilidad narrativa de Alterici lo compensan, especialmente con su selectiva paleta de colores gélidos que contrastan con esa calidez interior de la protagonista, celebrando su diferencia. Un necesario alto en el camino que se siente como un tazón de caldo en un refugio durante el ascenso a una montaña nevada.

57 – La librera calavera Honda-san, Vol. 1,
de Honda (Fandogamia)

El trabajo cara al público es siempre fuente de anécdotas que van desde lo incómodo a lo disparatado, a menudo debidas a la confrontación entre el deber de atender educadamente a la clientela y las formas y particularidades de la fauna que la integran. Y cuando el lugar de trabajo apela precisamente a esa diversidad del público, como es el caso de una librería, el anecdotario aumenta a diario. Es el caso de Honda, la autora de La librera calavera Honda-san y proverbial librera de manga a tiempo parcial, cuyas peripecias en la venta de tebeos copan esta obra de episodios autoconclusivos. Peticiones absurdas, filias y fobias, dudoso respeto a los trabajadores, choques culturales derivados del turismo romantizador de Japón… Todo tiene cabida en la obra de Honda, cuyo nivel de detalle varía con soltura entre la caricatura y el detallismo, apelando a los diferentes géneros de manga que están presentes en el momento o manteniendo un cómico anonimato entre la plantilla de la librería, reconvertida en avatares absurdos dedicados a diferentes secciones de la librería. Un divertidísimo punto de hermanamiento entre el país nipón y el resto del mundo a través de las «miserias» del trabajo cara al público.

56 – Amanecer de X,
de VV.AA. (Panini Comics)

Comenzamos el año con la conclusión del punto de inflexión en la franquicia mutante de Marvel, Dinastía de X / Potencias de X, llevado a cabo por Jonathan Hickman, Pepe Larraz, R.B. Silva y Marte Gracia, y esto estalló en seis nuevos títulos con seis planteamientos muy diferentes. La serie principal, La Patrulla-X, nos ofrecía la espina dorsal del nuevo status quo con Hickman y Leinil Francis Yu planteando una cabecera más política que, sin embargo, tenía certeras dosis de aventura y hasta un humor inesperado (lo cual chocaba con los afilados lápices de Yu). Esto tomó un cariz surrealista en los números de tie-in con el evento Imperio, una divertida historia a cargo de toda la oficina mutante con zombies, alienígenas-planta y octogenarias (?). En Merodeadores, otra de las mejores series del Amanecer de X, Gerry Duggan y Matteo Lolli cuentan una historia de piratas, comercio y guerras internas en el seno de Krakoa con Kitty Kate Pride al timón. X-Force tuvo el arranque más potente de todos, para sorpresa de mucha gente, con Benjamin Percy escribiendo un cautivador thriller en torno a la CIA de Krakoa. Operaciones especiales en países que no aceptan o tratan activamente de minar la soberanía de la nueva nación mutante, con el mejor trabajo sucio de Joshua Cassara y el realismo mágico y naturalista del color de Dean White. Percy también está realizando una labor notable en su Lobezno junto a Adam Kubert y Viktor Bogdanovic (ambos realizando uno de sus mejores trabajos de los últimos años), dando un giro al habitual tema de la violencia y la culpa de Logan en un mundo donde los mutantes ya no mueren (técnicamente).

Hay tres títulos más irregulares, siendo el primero los Nuevos Mutantes, una comedia espacial autoconsciente en manos de Hickman y Rod Reis, un anodino intento de acercar a pie de calle la recuperación de jóvenes mutantes cuando escribe Ed Brisson y dibuja Flaviano Armentaro, si bien hay un resarcimiento en el arco ruso. En Excalibur, Tini Howard y Marcus To restablecen el universo mágico y muy británico del rincón mutante de Marvel, creando extraños compañeros de cama como la nueva Capitana Britania y… Apocalipsis, y aunque arrancó sin un rumbo aparente, se ha ido afianzando. Y el último es Ángeles Caídos, merecidamente cancelada tras el primer arco, con un Bryan Hill entre lo poético impostado y la japonofilia mal entendida cuya violencia extra-krakoana nos remitía a lo peor de los años 90 y el arte de Szymon Kudranski subrayaba y triplicaba todas las carencias de la obra con recursos narrativos vergonzosos y figuras grotescas. Infernales y Factor-X llegaron después, pero apenas han arrancado. No obstante, el gran villano de este amanecer mutante ya ha quedado más que retratado: el precio de las grapas de Panini Comics.

55 – Nuestra salvaje juventud, Vol. 8 (de 8),
de Mari Okada y Nao Emoto (Milky Way Ediciones)

Aunque el oasis cálido y humorístico que supuso Nuestra salvaje juventud parece cosa de 2019, lo cierto es que su última entrega fue publicada a comienzos de 2020, antes de que se declarase la pandemia. Y es importante abrazarse a las cosas bonitas que sí nos dio este año terrible. La obra de Mari Okada y Nao Emoto gira en torno a las integrantes adolescentes del Club de Literatura de su instituto que, inevitablemente, parecen abocadas a toparse con el sexo a medida que empiezan a realizar lecturas más complejas. El «eso quiso» (locución que usan como alternativa a la palabra tabú) se abre paso a través de los sentimientos que afloran, de las personas de su entorno y de la progresiva convicción de que forma parte de casi todo cuanto las rodea. Así que el relato de Okada y Emoto decide entregarse, con humor y naturalidad, al desatamiento de las pasiones y las consecuencias que genera; un humor tonto para un desarrollo maduro que alcanza su culminación en esta última entrega, donde las tramas corales convergen y estallan en la invasión del instituto (con secuestro incluido). Todo ello con una atención especial a la no-sexualización de los personajes, a una belleza sobria en rostros y composiciones, y a esa calidez de doble filo que impacta y conmueve, con la amistad como eje. [Reseña completa]

54 – Black Magick, Vol. 2: El despertar II
de Greg Rucka y Nicola Scott (Norma Editorial)

Tras un interludio con retorno a la iniciación de la protagonista, Rowan Black, en su aquelarre, conociendo el legado familiar de brujería… y desprecio (en muchos sentidos) del resto de la gente, el thriller mágico-policíaco se vuelve más oscuro y amenazante. Y es que la amenaza del Martillo, la secta milenaria de asesinos de brujas, se vuelve más tangible en este volumen, sin abandonar en ningún momento los tintes noir del planteamiento detectivesco de Greg Rucka. No obstante, importa muy poco sobre qué trate el tebeo al lado del despliegue artístico de Nicola Scott y sus lápices, tintas, sombras y pinceladas de color cuando la magia hace acto de presencia. El arte en este segundo tomo es aún más espectacular, si cabe, que en el anterior hasta el punto de que su estilo realista parece que vaya a absorbernos en su mundo imposible, con mención especial a unos rostros cautivadores de miradas petrificadoras. Pese a lo arrollador de la propuesta visual, en efecto, Rucka se mueve como pez en el agua en el género policíaco y mantiene el todo momento el interés y la tensión en la vida de la detective Black, contrastando sus diálogos ágiles con unos giros ominosos. Cae la noche.

53 – Los gatos del Louvre, Vols. 1-2 (de 2),
de Taiyô Matsumoto e Isabelle Merlet (ECC Ediciones)

Como si una versión existencialista de Cats chocara con el misterio de la desaparición de una niña dentro de un cuadro hace medio siglo, Taiyô Matsumoto convierte al Museo del Louvre tanto en escenario como en coprotagonista. Un personaje compara la visión nocturna de su interior con el vientre de una ballena y, como Jonás o Pinocho, Matsumoto nos arrastra entre el conglomerado de piezas artísticas dispares, como si el animal hubiera tragado todo a su paso. Así, por un lado, tenemos a los protagonistas humanos tratando de resolver un enigma imposible relacionado con voces en los cuadros y familiares perdidos. Por otro, la pintoresca banda de gatos que habita secretamente en el museo y que toman un aspecto antropomórfico cuando el enfoque se centra en las complejas y divergentes personalidades de estos animales, busca la supervivencia del grupo. Y en todo momento, Matsumoto pone el foco en lo emocional, en los sueños, preocupaciones y vicisitudes personales de todo este elenco que se abraza y se entrelaza sin saberlo en la atmósfera mágica del Museo. Sus lápices, complementados en esta edición por la expresiva sutileza del color de Isabelle Merlet, se suavizan respecto a sus obras más viscerales para subrayar el acento puesto en la humanidad de sus personajes, conmoviendo e implicando al lector en la trama. Y si su visión del Museo deja poca duda respecto a la combinación de talento representacional y atmosférico de Matsumoto, así como de los recursos prestados por la entidad para construir Los gatos del Louvre, su diseño de las proverbiales criaturas, especialmente en su forma «humana», brilla con luz propia. O se oscurece, en tanto que la tridimensionalidad de algunos de ellos se palpa ya desde su apariencia.

52 – Daredevil #5-14, de Chip Zdarsky, Marco Checchetto,
Jorge Fornés, et al. (Panini Comics)

Una de las acusaciones más frecuentes al cómic de superhéroes de las grandes editoriales estadounidenses es la constante necesidad de reformular sus viejas historias para darles apariencia de otras nuevas, con constantes guiños nostálgicos y unos pocos pasos hacia delante que siempre pueden ser revertidos cuando los guiones pasan a las manos siguientes. Y esta es la sombra que caía de pleno en los comienzos del Daredevil de Chip Zdarsky y Marco Checchetto, con el enésimo back to basics en la carrera del abogado ciego recibepalizas que no sabe guardarla en los pantalones pese a la culpa cristiana. Los guiños a Netflix o la llegada de Jorge Fornés, con su estilo influenciado por David Mazzuchelli, parecía confirmar el retorno a la autocomplacencia… y sí, pero no. Lo que está construyendo Zdarsky (si le dejan quedarse por muchos años en la colección) es una amalgama de los Daredevil que hemos visto en el siglo XXI, con ocasionales guiños (¿necesarios?) a sus tiempos gloriosos de los años 80, pero también es su propia historia. El truco es la autoconsciencia de Matt Murdock de esta repetición, del bucle de malas decisiones a todos los niveles y sus intentos por solucionarlo cuando éste viene a morderle el culo. Una buena reimaginación del personaje que sabe mirar al pasado únicamente para avanzar hacia el futuro, con un apartado artístico realmente vivo, tanto en la espectacularidad realista de Checchetto como en la plasticidad narrativa de Fornés. Aunque la estrella de la función es, sin duda, Julián Totino Tedesco, el portadista de la serie.

51 – Ofensiva final,
de Miguel Ángel Giner Bou y Susanna Martín (Dolmen Editorial)

Con un espíritu similar al de Todas nosotras de Casillas y Garay (ver 61), aunque en este caso desde la ficción de un futuro cercano, una documentalista de éxito reciente viaja a un país centroamericano ficticio (que engloba realidades de varios de ellos) para conocer los conflictos que denuncia una ONG local. Como señala el guionista Miguel Ángel Giner Bou en el epílogo, el germen de esta obra está en su viaje a Nicaragua como parte de una iniciativa de Oxfam Intermon y en lo que allí conoció. Cooperativas de mujeres, desigualdad galopante, corrupción del poder y el pueblo sacándose las castañas del fuego (como siempre) se suman a las políticas regresivas llevadas a cabo para satisfacer a las potencias mundiales (aquí sí se construyó cierto muro para frenar los avances migratorios) y nos cuentan el trepidante y emotivo viaje del equipo de documentalistas. Y, pese a una portada muy poco afortunada, a mi juicio, el arte que despliega Susanna Martín en las páginas interiores está a la altura de la causa, con especial atención a una paleta de colores donde prima el contraste de rojos y azules para reflejar el impacto del choque. Una experiencia lectora que invita, como el mencionado epílogo de Giner Bou, a buscar más información y, con suerte, concienciar y comprometerse más.


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50 – La Mennulara,
de Simonetta Agnello Hornby y Massimo Fenati (Planeta Cómic)

La familia es lo primero, tanto en las herencias como en la mafia, y en La Mennulara aparecen ambas. Massimo Fenati adapta con un estilo sencillo de línea clara y rasgos casi caricaturescos la novela de Simonetta Agnello Hornby en torno a una familia rica cuyo patrimonio manejaba, por su sentido de la responsabilidad y por la falta absoluta de la misma por parte de los demás, la histórica criada del hogar… pero acaba de fallecer y toda la familia se pregunta cómo podrá tener ahora acceso a su propia fortuna. Desconociendo si era así en la obra original, el guion de Fenati no da voz a la difunta hasta el final, construyendo al misterioso personaje a través de las historias que el resto de habitantes del pueblo cuentan sobre ella. Una brillante oda, a la vez que sátira, del qué dirán con una deliciosa conciencia de clase HAY QUE COMERSE A LOS RICOS que se suma a obras recientes como Parásitos o Puñales por la espalda mientras denuncia subrepticiamente los abusos del poder, así como su incompetencia. Todo ello sin perder en ningún momento la naturaleza de misterio a resolver que representa el núcleo narrativo de la historia, repleto de pistas falsas, giros inesperados, cambios de percepción o flashbacks traicioneros como la mala (en ambos sentidos) memoria.

49 – Harley Quinn: Cristales rotos,
de Mariko Tamaki y Steve Pugh (Editorial Hidra)

Uno de los buques insignia, o más bien transatlántico explosivo, de la línea young adult de DC Comics daba el pistoletazo a la llegada de estas novelas gráficas juveniles de la mano de Hidra. Que fuera Harley Quinn quien abriera brecha, un personaje que está en primera fila de su editorial desde hace relativamente poco, y que la escribiera Mariko Tamaki, una de las guionistas más prestigiosas del momento, prometía grandes cosas. Y si bien Cristales rotos no apela tanto a las emociones introspectivas de la adolescencia como sí hizo Tamaki en Aquel verano o Laura Dean me ha vuelto a dejar, sí lo hace a su espíritu contestatario y al cada vez más necesario compromiso con el medio ambiente y las injusticias sociales. Así, estamos ante un cómic-protesta de bajo octanaje que, sin embargo, sí que siembra las posibilidades de una serie de novelas gráficas a través de la interrelación de los personajes, un elenco con amplia representación LGTB+ y una declaración de intenciones en cuanto al alejamiento de los orígenes cuestionables (o tóxicos en su relación con el Joker) de la protagonista. Pero es que cualquier aspereza o aspecto a mejorar queda casi totalmente eclipsado por el apartado gráfico de Steve Pugh, con una apuesta de color bitonal con ocasionales irrupciones cromáticas, y un nivel de detalle que supera incluso al mostrado en Los Picapiedra. Quedamos a la espera de nuevas entregas donde pueda explotar finalmente a Harley y Ivy contra el mundo de la misma manera en que lo hace aquí en con la escena drag: ¡bombásticamente!

48 – Yo, mentiroso,
de Antonio Altarriba y Keko (Norma Editorial)

Al igual que en buena parte del año 2020 (y todo apunta a que de todo el 2021), en el cierre de la trilogía del Yo de Antonio Altarriba y Keko tienen gran importancia las máscaras. Tras ponerse en la mente de un asesino en serie y de un trabajador de una poderosa empresa farmacéutica, en Yo, mentiroso asistimos a un punto de inflexión en la vida de uno de esos asesores políticos que nadie tiene claro a qué se dedican exactamente… porque, como en este caso, su labor no siempre es legal o irreprobable. Dejando pocas dudas sobre los partidos políticos y personalidades que rodean al protagonista y hermanan la obra (en odiosa comparación) con la hiperlúcida Primavera para Madrid de Magius, las tramas y corruptelas dentro del Partido Popular de España durante sus dos vergonzantes legislaturas (al menos en lo que ilegalidades encubiertas se refiere) sirven de telón de fondo a un ascenso social y a un descenso moral. Conectando las tres obras de la trilogía (a mi juicio, lastrando a esta última), una serie de asesinatos van poniendo palos en las ruedas de un partido en demolición hasta la conocida moción de censura, y el protagonista debe apagar fuegos, en lo personal y en lo laboral, mientras Keko disfruta ilustrando las ciudades de Vitoria y Madrid con una detallada y muy personal rueda de reconocimiento a los personajes de aquellos años, llevados (casi) hasta la caricatura por parte de los diálogos de Altarriba. Como reflexión, la verdad y la mentira, oculto su rostro bajo demasiadas máscaras, terminan por ser la misma cosa.

47 – La gran novela de Los 4 Fantásticos,
de Tom Scioli (Panini Comics)

«Cuatro astronautas entran en un cohete y…». En la estela de La gran novela de la Patrulla-X de Ed Piskor, aunque con un objetivo menos ambicioso en tanto que aquella resumía toda la historia de los mutantes del siglo XX, Tom Scioli reflexiona sobre el origen del universo Marvel a través de un viaje histórico por la etapa de Stan Lee y Jack Kirby al frente de Los 4 Fantásticos. Scioli aprovecha el gran tamaño del formato «Treasury Edition» (con un desacertado papel satinado en la edición española) para ofrecernos un denso repaso a aquellos años de ciencia-ficción imposible, imaginación desatada y colores explosivos en una distribución apabullante de 5×5 viñetas que, aunque a veces dificulta la narración, también nos ofrece poderosas estampas en forma de «sellos» de las portadas y momentos más icónicos. Como hilo conductor, la narración del omnipresente voyeur Uatu, el Vigilante, relatando desde el pasado más remoto hasta el futuro del hijo de los Richards, y haciendo así honor a la frase «La historia de los Cuatro Fantásticos es la historia del universo». Entre el homenaje a los cómics originales y la épica estática, casi jeroglífica, el arte de Scioli servirá de puerta de entrada a muchas personas que, como un servidor, tienen grandes carencias sobre los comienzos de la Primera Familia Marvel.

46 – Pudridero, Vol. 3 (de 3),
de Johnny Ryan (Fulgencio Pimentel / Entrecómics)

Como si Berserk estuviera ambientado en un planeta-prisión y escrito y dibujado por un adolescente en plena invasión hormonal, sudando testosterona por su pene lleno de callos, aterriza en España la entrega final del Pudridero de Johnny Ryan. Sangre, sudor, esmegma y ultraviolencia, al servicio de una hipermasculinidad llevada a extremos absurdos, condensando el aire viciado, las montañas de cadáveres y el entrechocar de fluidos y genitales en unas páginas en blanco cada vez menos blanco y negro cada vez más negro. El arte de Ryan mezcla, como decía, la inocencia adolescente de los diseños, muy noventeros y repletos de armaduras, pinchos y filos, con una narrativa fluida, alucinada, agotadora, que alcanza sus cotas máximas en la contrarreloj que supone todo este último volumen. Pocas veces sentirá más un lector la necesidad de una ducha que tras la lectura de Pudridero. Un colutorio sulfúrico para todos los aficionados a videojuegos como Doom, tebeos como el citado manga de Kentaro Miura, o adaptaciones fílmicas como Ichi the Killer. ¡PERO EN EL ESPACIO!

45 – El festival de los dragones de té,
de Kay O’Neill (La Cúpula / Brúfalo Lector)

Uno de los últimos hitos del cómic infantil fue La sociedad de los dragones de té, un entrañable relato sobre identidad, elección de nuestro destino y cuidado a la naturaleza que le valió a su autore, Kay O’Neill, dos premios Eisner. En aquella historia, una niña descubría a los dragoncitos de té, unas criaturas adorables de cuya cabeza brotaban diferentes variedades de té en función de la clase de dragón a la que representasen. Ahora O’Neill revisita este mundo viajando a un momento en el pasado con motivo de una festividad primaveral para descubrirnos que el último de los dragones tradicionales vive y cayó bajo un hechizo de sueño que le impidió seguir protegiendo al pueblo. Como ya se ha convertido en seña de identidad de le autore, la diversidad y la inclusividad en diferentes ámbitos se presentan de manera totalmente orgánica en la historia (añadiendo aquí a un personaje sordomudo que se comunica mediante lenguaje de signos), sin hacer hincapié en sus distinciones ni convirtiéndolo en su tema principal. Y el arte de O’Neill, que vuelve a destacar especialmente en el apartado del color, se muestra igual de atractivo y adorable que en obras anteriores, aunque con una mayor expresividad y atención al detalle, así como fluidez narrativa. Ninguna otra de sus obras ha lucido tan hermosa como ésta. [Reseña completa]

44 – Dormir es morir,
de Gabri Molist (Bang Ediciones)

Los trastornos del sueño están a la orden del día en el siglo XXI, sobre todo los ligados a cuestiones de salud mental y, en especial, a la pareja casi inseparable: ansiedad y depresión (hermanas bien conocidas, y más en plena crisis mundial). En el caso de la obra de Gabri Molist, el particular «perro negro» de su protagonista es el miedo a la muerte súbita si se abandona al sueño. Bajo esta premisa, la narración se estructura en actos ligados a distintas sesiones de terapia y en una repetición de esquemas que cada noche nos lleva a visitar un paisaje psicodélico que alterna cubismo con minimalismo con otros ismos en el mundo de los sueños. Siendo que la única pega razonable que se le puede sacar a la obra es la aparente recuperación «milagrosa» (por abrupta y efectiva) al final de la obra, Molist nos trae en su historia muchos elementos reconocibles para toda persona que haya acudido a consulta psicológica. Como una versión adulta y depresiva del Little Nemo de Winsor McCay, Dormir es morir avanza cada noche un paso más en su mundo onírico, a medida que hace lo propio en la vigilia, pero este viaje es solo una excusa para hacernos reflexionar los ritmos vitales que llevamos y la escasa atención que tendemos a brindar a nuestro autocuidado.

43 – Space Riders, Vols. 1-2 (de 3),
de Fabian Rangel Jr. y Alexis Ziritt (Gigamesh)

Como si Jack Kirby hubiera recreado una versión comix underground del Halcón Milenario o del videojuego Mass Effect, el trabajo de Fabian Rangel Jr. y Alexis Ziritt nos lanza al microcosmos más gamberro de la galaxia a bordo de la craneonave Santa Muerte. Psicodelia, inventiva, autoconsciencia y molonismo se dan la mano en Space Riders riéndose de los clichés del género y construyendo un universo imposible repleto de entidades cósmicas kyrbianas, villanos de opereta de los que deshacerse en cinéticas batallas retro y hasta arcos de personaje que se desarrollan durante los apenas 4 episodios que dura cada entrega (miniseries autoconclusivas en ambos volúmenes). A esto último contribuye el carisma que exuda cada uno de los miembros de la tripulación, desde el capitán Peligro atormentado por la culpa del pasado hasta la fría androide Yara que desarrollará emociones y se saltará sus protocolos, sin olvidarse de la otra estrella de la función: el primer oficial Mono y la crisis de fe que le llevará a trascender a un plano superior. Basta con mirar por encima las páginas para constatar que Space Riders chorrea personalidad, diversión amor por el medio y por la ciencia-ficción más lúdica.

42 – El niño que,
de Juan Berrio (Nuevo Nueve)

Si alguna vez en tu infancia acompañaste a tu padre o madre a un recado, o jugaste a buscar rostros y formas en las cosas que ibas viendo por la calle, o te dejaron pintando en una sala de espera, o te aburriste en una casa y empezaste a (h)ojear los libros que allí habitaban, o te hablaron de un misterio y construiste toda una historia con tu círculo de amistades para tratar de resolverlo, aun sabiendo que todo era pura fantasía… entonces encontrarás un pedacito de ti en El niño que. Y es que, a pesar de estar ambientado en un verano español de los años 70, la obra de Juan Berrio tiene, tanto en lo que cuenta como en el apartado gráfico, una inocencia universal con la que resulta muy fácil identificarse, aun no habiendo vivido las peripecias infantiles narradas. Parco en palabras, Berrio cuenta todo lo que tiene que contar con una soltura y sencillez que hacen que todo fluya, sin querer profundizar en exceso. Trazo fino, línea clara y unos pocos colores que hacen a la obra prácticamente bitonal salvo cuando aparece la imaginación del niño. Una fotografía en blanco y negro de una época vital de esas en cuya definición se abusa de la expresión «tiempos más simples», pero que no busca ir más allá de esas sensaciones familiares. El niño que es un viaje nostálgico a un pasado propio y ajeno que, enmarcado en el privilegio de una infancia aparentemente feliz y despojada de problemas, sabe transmitir la calidez de lo cotidiano, de la carencia de responsabilidades e incluso de la inconsecuente incomprensión de los niños por parte del mundo adulto. ¿Pero qué sabrán ellos?

41 – La caza,
de Alberto Vázquez (Astiberri)

En un año en el que, como decíamos, abundan las distopías y mensajes ecologistas (los tiempos nos lo piden), resulta difícil que cómic de este subgénero destaque en sus planteamientos argumentales, algo que suele flaquear doblemente cuando la propuesta viene de autores que son mejores artistas que guionistas. Y si bien La caza de Alberto Vázquez no termina de salirse de esta tendencia, al menos sí que tiene algo que decir desde lo lírico y mucho más desde lo visual. Añadiendo una interpretable crítica al sistema capitalista y explotador que posibilita y agrava la autodestrucción a la que parecemos abocados como planeta, Vázquez opta por jugar al despiste con la metáfora que da título a la obra. Muestra la progresiva inversión de papeles entre cazador y presa, desde lo atávico o atemporal hasta la más cruel actualidad (que me lleva a una tróspida conexión con el final de Yo fui un cavernícola adolescente de Roger Corman). Pero lo que brilla es claramente la propuesta gráfica, sucia, oscura, entre la pintura rupestre y el expresionismo y surrealismo de las posguerras mundiales, cerrando de forma íntima, poética, en lugar de explosiva. La caza merece, pues, una consideración mayor que la mayoría de novelas gráficas del mismo tema con las que convive en las estanterías postapocalípticas de 2020.


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40 – Heartstopper, Vols. 1-3,
de Alice Oseman (Destino / Crossbooks)

Cada vez son más los webcómics que nacen en plataformas digitales de difusión y, debido a su éxito, acaban siendo publicados en papel. Hace ya demasiado tiempo que el género romántico en cómics occidentales está de capa caída, desde que alguien decidió que ya no vendían suficiente por ser «de chicas» (véanse las decenas de cabeceras amorosas que coexistían con los superhéroes USA en la primera mitad del siglo XX). Así, Japón fue la que tomó la delantera a este respecto y es el principal exportador de tebeos de este tipo… hasta que surgen las mencionadas plataformas digitales. Hearstopper es una de las triunfadoras a este respecto (junto al Lore Olympus de Rachel Smythe que pronto tendrá adaptación televisiva por ¡la Jim Henson Company!): publicada en Tapas, Alice Oseman nos cuenta la historia de dos adolescentes, uno gay y otro bisexual, desde los albores titubeantes de su relación amistosa/amorosa hasta, de momento, el anuncio público dentro de su instituto de que están saliendo. Con un dibujo sencillo y amable que mejora en cada entrega, hay poca novedad para amantes del boys’ love, pero sí un relato igualmente conmovedor y reconfortante, educativo para adolescentes (y adultos), y repleto de representación LGTB+ y momentos «¡Tía, es que se quieren mogollón!». No me escondo: aquí se viene a llorar.

39 – Sweet Tooth, Vols. 1-2 (de 2),
de Jeff Lemire y José Villarrubia (ECC Ediciones)

Probablemente la última de las grandes series Vertigo que permanecían inéditas en nuestro país, Sweet Tooth de Jeff Lemire es una de las mejores obras (si no la mejor) del guionista canadiense, aquí acompañado del color de José Villarrubia. A lo largo de 40 episodios, conocemos la historia de un joven híbrido entre humano y ciervo que es de los pocos supervivientes de la hecatombe que acabó con la mayor parte de la humanidad. En este escenario postapocalíptico se nos presenta su viaje para descifrar el misterio de su origen y el de otros híbridos, con ayuda de un adulto humano (que recuerda a otros personajes de Lemire, como el protagonista de Un tipo duro). El filtro terroso de la paleta de Villarrubia, no exenta de colores, acompaña a la atmósfera cataclísmica para chocar con la aparente inocencia de las figuras de Lemire, casi de cuento infantil, mientras las hipótesis científicas, mágicas o místicas influencian un apartado gráfico en crecimiento a medida que los misterios y las pistas falsas se van desvelando. El Lemire más sinceramente emotivo en una obra cuyo único defecto es haber llegado demasiado tarde a España respecto al resto de su bibliografía, pudiendo resultar en que Sweet Tooth parezca una obra derivativa cuando lo cierto es que es una de las obras germinales de su estilo e inquietudes. Cautivadora fábula para adultos.

38 – Dúplex: Poesía y cómic,
de VV.AA. (Ediciones Marmotilla / Alas Ediciones)

La desconfianza es una reacción normal cuando un producto anuncia ser la fusión de dos disciplinas artísticas diferentes y, a priori, la apariencia es de yuxtaposición más que de esa prometida amalgama. En otras palabras, al pensar en la unión de «poesía y cómic» lo normal es creer que será, efectivamente, un poemario ilustrado o un cómic cuyos textos son poéticos. Por fortuna, el proyecto Dúplex me calló la boca al conocer su génesis y el resultado final: un amplio grupo de autoras y autores fueron emparejados para colaborar en la creación simultánea de los poemas y cómics de pocas páginas que integran este volumen, en un constante feedback entre ambos medios que, por una vez, da como resultado (en la mayoría de propuestas) un producto diferente. Destacaría especialmente el trabajo sin título de Alicia Villares y Rubén Koyra, con un cómic mudo, onírico, simbólico, sensorial en cuya página final brota el texto del poema con una tipografía arrastrada por el viento del bosque en el que habita. No obstante, la pluralidad de estilos y temáticas se presta a toda clase de experimentos narrativos que hacen de Dúplex una galería de arte contemporáneo.

37 – Las dos vidas de Penélope,
de Judith Vanistendael (Astiberri)

Penélope fue a la guerra y transcurrió mucho tiempo hasta que se pudo reunir con su marido, Ulises, y la criatura que tenían en común. Pero era su deber, era su vocación, lo que estaba haciendo era importante, y ya se ocuparía el padre de los asuntos domésticos… Puede que Homero no contase así la historia, pero ¿qué más da? A nadie le debería preocupar un intercambio de roles si lo que se pretende explorar son las heridas que no se ven, la sangre que borbotea y mancha, y la pulsión de un conflicto latente, de una guerra inacabada a la que hay que volver. Las dos vidas de Penélope cuenta la historia de una cirujana de guerra que vive a caballo entre Bruselas y Alepo, pasando cada vez más tiempo en el frente y menos en casa. Esto supone una serie de conflictos familiares de diferente calado, estando en el centro de ello el crecimiento de una hija que acaba de entrar en la adolescencia. Sorprende del guion de Judith Vanistendael su sensibilidad y su decisión de no tomar partido por Penélope o su familia, sino por ambos puntos de vista desde el comienzo, reflejado magistralmente (sobre todo en lo gráfico) en el prólogo simultáneo. Resulta muy emocionante ver el torrente de pensamientos de la protagonista a través de un dibujo adecuadísimo, con unas acuarelas tan intimistas como atmosféricas, haciendo que quien lee pueda percibir incluso las palabras no dichas, las acciones no tomadas, los gestos no mostrados… simplemente mirando a esos rostros tan expresivos y a esos colores que todo lo inundan, y nos zambullen y nos revuelcan como una tormenta en el mar. Una odisea emocional. [Reseña completa]

36 – Llamarada,
de Jorge González (ECC Ediciones)

“Somos hijos del error”, sentencia un personaje al definir el proceso de reproducción como una transmisión genética parcialmente fallida que nos hace diferentes a nuestros padres. Es el tema central de Llamarada, si bien descartando lo biológico en favor de lo personal: es una historia sobre tres generaciones que reflexiona sobre el espejo que vemos en nuestros progenitores y nuestra decisión (o falta de ella) para imitarlo o romperlo. Jorge González salpica la obra de reflexiones sobre el talento, la educación y la vocación, así como de nuestra capacidad de reacción y decisión frente a la presión familiar y social, formulándose finalmente un discurso más directo cuando González observa a su propio hijo. Todos los giros, las emociones, los escenarios se muestran de una manera totalmente expresionista, adaptándose el artista a diferentes estilos narrativos y pictóricos que acompañan a los sentimientos, las atmósferas y hasta los retratos de época (recordándome a los distintos Antonio Navarro de Homónimos). Para la depresión económica y la falta de esperanza de la época inicial, González opta por tonos grises, blanquinegros, sucios y terrosos, a los que el cambio llega con el triunfo de «Llamarada» y la luz de su melena pelirroja. Y a partir de este punto entran otros colores, otras propuestas más espartanas y minimalistas, hasta llegar a la explosión lúdica de las pinturas infantiles del hijo del autor. Esta novela gráfica es uno de los mejores ejemplos recientes de narración autobiográfica que adopta un punto de vista extrapolable genuinamente emocionante, y lo hace con una personalidad gráfica arrolladora.

35 – Atelier of Witch Hat, Vol. 6,
de Kamome Shirahama (Milky Way Ediciones)

Cada año que se publique Atelier of Witch Hat debería tener un hueco en toda lista de mejores tebeos del año que se precie, alejadas todas las dudas sobre las dotes artísticas de Kamome Shirahama. Pero es que la única entrega que vio la luz en 2020 es una mágica entrega autoconclusiva en el que el cuarteto de jóvenes protagonistas son sometidas a un examen cuyo aprobado o suspenso depende de que sean capaces de sorprender a un gran maestro. Esta premisa permite a Shirahama subrayar definitivamente que su talento para los guiones está a la altura de su arte, dotando a la resolución de la historia de una respuesta en la que convergen las cuatro personalidades de las niñas (todas diferentes, todas complementarias) y el lector puede contemplar la alquimia del trabajo de la autora hermanándose con la que surge de las vivencias de Coco y sus compañeras. Imaginación, cariño, risas, delicadeza, mensajes poderosos y necesarios (sobre todo para infantes y adolescentes) y hasta detalles tontos que subrayan la necesidad de normalización de la diversidad, como que el gran maestro está impedido por sus piernas y porta una silla mágica con patas que lo lleva de un lugar a otro… pero ningún personaje se sorprende de ello ni lo menciona siquiera. La ternura y la empatía hechas manga, una vez más.

34 – Head Lopper, Vol. 3: El cortacabezas y los caballeros de Venora, de Andrew MacLean y Jordie Bellaire (Norma Editorial)

¿Es posible que la tercera entrega de las aventuras del bárbaro Norgal y su cabeza de bruja parlante Agatha sea la mejor hasta la fecha? Desde luego, si alguien aún alberga dudas sobre si leer Head Lopper, esta fantasía heroica con guiños roleros y uno de los apartados gráficos más dinámicos del cómic independiente USA, este volumen sería una perfecta puerta de entrada. Andrew MacLean, de nuevo acompañado por los monolíticos colores de Jordie Bellaire, recurre en El Cortacabezas y los caballeros de Venora a relatar los orígenes de nuestros protagonistas, así como de sus respectivas maldiciones y la respuesta al por qué de sus personalidades reservadas y ariscas (si bien siempre con más corazón y empatía que toda la bibliografía de Conan). Males primigenios, decepciones divinas, una narración no lineal y muchos sentimientos flotando en el aire es lo que se entremezcla con el género de espada y brujería en el que, sin duda, es el mejor trabajo al guion de la carrera de MacLean, con un dibujo a la altura que, si bien ya no sorprende, sigue ofreciendo grandes momentos de epicidad extrema y aquí llega incluso a abrazar a Jack Kirby. Así, Head Lopper sigue sorprendiendo en su deconstrucción de los clichés bárbaros mientras construye su propia leyenda.

33 – Conviviendo 19 días,
de David Ramírez (Norma Editorial)

El confinamiento, en lo que a producción creativa se refiere tuvo efectos devastadores: bloqueos artísticos, ralentización de los procesos o fomento de la creencia de que nuestras vidas eran lo suficientemente interesantes y diferentes a las de los demás como para creer que alguien quería conocerlas… Bromas aparte, esto último NO es el caso de David Ramírez, cuya Conviviendo 19 días es la mejor obra derivada de esta crisis, tanto a nivel empático como artístico. Evidentemente, que su gestación se produjese periódicamente mientras todos estábamos en nuestras casas ayudó a su difusión, a la conexión personal, a una complicidad inevitable, como también ocurriera con la tira humorística que devino en El murciélago sale a por birras de Álvaro Ortiz, aquella parodia de Batman que, una vez descontextualizada, pierde fuelle. Ramírez demuestra más tablas, dosificando el humor con la divulgación y, sobre todo, consigue que empaticemos con su durísima situación: el contagio, hospitalización y posteriores efectos secundarios del COVID en su marido. Soluciones gráficas imaginativas, un formato expansivo de tira cómica e ilustración, y un estilo de dibujo que imposta su inocencia para golpearnos con emociones o carcajadas, en dosis parejas. Uno de los mejores y más naturales resúmenes de lo que ha supuesto para mucha gente la convivencia cotidiana con la pandemia.

32 – Demencia 21, Vol. 1 (de 2),
de Shintaro Kago (Ponent Mon / Catarata)

Si hay algo que nos une como especie es que, si la salud y la suerte lo permiten, todas las personas envejecemos, lo cual conlleva una mayor necesidad de cuidados. Pacientes exigentes que se reproducen por mitosis, memorias defectuosas que causan desintegraciones, dentaduras que se multiplican infinitamente, kaijus jubilados, bucles metanarrativos, arrugas infecciosas, arquitectura ludópata y vórtices en los pliegues de la piel. Esto es el día a día en las residencias de ancianos, como cualquiera que haya trabajado en una os podrá confirmar (y si lo niegan, mienten), y ciertamente es el trabajo al que se enfrenta a diario la protagonista de otra de las locuras del mangaka Shintaro Kago. Dementia 21 es un conjunto de relatos autoconclusivos protagonizados por la trabajadora más cariñosa y profesional de su centro de apoyo y cuidados a domicilio para gente mayor. En lo artístico, probablemente esta obra tenga el nivel de atención, detalle e imaginación más alto desde las obras que publicó EDT en nuestro país (como Reproducción por mitosisFraction), mezclando diferentes estilos y recordando a ratos al Junji Ito de Uzumaki. Es más, Kago se pone serio también en su trasfondo y se percibe la crítica social denunciando la tendencia de la sociedad a apartar a los «miembros no productivos» de la misma, llegando incluso a presentar una serie de torres de hacinación de ancianos casi como en ataúdes (si bien esto deviene en guerra civil). Ciertos gobiernos de comunidades autónomas de España deberían leer esta obra. [Reseña completa]

31 – Heimat: Lejos de mi hogar,
de Nora Krug (Salamandra Graphic)

Heimat es un término germánico que se refiere al hogar, no tanto como espacio físico, sino como lugar en el que el sentimiento de pertenencia del individuo es más intenso y completo. Siendo así, el subtítulo del Heimat de Nora Krug toma un significado doble. Por un lado, la autora investiga desde Estados Unidos las raíces de su familia en la Alemania de finales de la República de Weimar y el posterior régimen nazi. Por otro, el alejamiento de su tierra natal es doble, en tanto que nos habla de la vergüenza, la ocultación y hasta la negación de dichos orígenes por muchos de los alemanes participaron en mayor o menor medida del statu quo de aquella Alemania de Hitler. Así, en clave documental, con fotografías, informes y viñetas, Krug construye una memoria gráfica investigativa que parece desarrollarse ante los ojos de quien lee, haciéndonos partícipes de sus descubrimientos. Un ejercicio de memoria histórica que muchos alemanes obviaban voluntariamente porque consideraban mejor vivir en el vacío de la ignorancia que en la vergüenza de la constatación de que sus ancestros contribuyeron a alguna de las atrocidades cometidas por el régimen nazi. Autocrítica, aprendizaje, crisis (en todos sus significados) y catarsis. Un tratamiento depurativo que algunos aún se niegan a aplicar en una España con fosas comunes en sus cunetas cuya bandera aún está apropiada principalmente por un sector ideológico, desactivando la Heimat del resto.


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30 – Monstress, Vol. 4: Las elegidas,
de Marjorie Liu y Sana Takeda (Norma Editorial)

Los vientos de guerra se alzan. Los misterios van recibiendo respuestas. Un final se intuye en el horizonte, lo cual se percibe también en la reunión de personajes protagonistas que se vieron separados y finalmente vuelven a juntarse habiendo crecido y evolucionado. Pero lo cierto es que Maika Mediolobo se ve rota, deconstruida y reconstruida en este nuevo arco en el que descubrirá el origen de la deidad no binaria que habita en su interior, de cómo llegó a estar marcada por su maldición y de quién es el auténtico culpable. Si a estas alturas alguien no se ha subido al carro de esta fantasía bélica que aúna estética de culturas asiáticas y europeas en la explosión artística ocre y dorada de Sana Takeda, con sus diseños a lo Shadow of the Colossus o Bloodborne, yo ya siento que me repito recomendándola. Además, cuenta con una historia coral atrapante de Marjorie Liu, cuya eficacia en sus diálogos afilados, su engarce de relatos simultáneos entrechocando o su riqueza para construir ese mundo tan complejo ya debería ser motivo suficiente para lanzarse a la lectura. De lo mejor y más personal que ofrecen las series independientes estadounidenses actuales.

29 – Naftalina,
de Sole Otero (Salamandra Graphic)

Si bien la última obra de Sole Otero está ambientada en una Buenos Aires en plena crisis económica, con puntuales viajes al pasado en forma de flashbacks, lo cierto es que Naftalina no pretende desarrollar un retrato de época, sino de familia. Concretamente, de la cambiante relación entre una adolescente y su abuela a lo largo de la vida que compartieron juntas, ahora que ella ha fallecido y la joven se ha mudado a su antiguo hogar. De manera similar a como lo hacía el Estamos todas bien de Ana Penyas, Otero construye aquí un homenaje a la memoria y las abuelas, auténticas supervivientes de tiempos en los que el poder de las mujeres estaba siempre supeditado al de otros y la familia parecía ser el ámbito en el que radicaba todo su poder. Si bien en el trabajo de Penyas el acercamiento era documental y, por tanto, desde el respeto, en Naftalina la ficción coloca a la joven protagonista en la incomprensión de recuerdos desdibujados y egoísmo, y la hace emprender un viaje emocional a través de los elementos que encuentra en el hogar de la difunta hasta alcanzar el hermanamiento (casi literal, realismo mágico mediante) con su abuela. En lo gráfico, Otero estiliza sus figuras más que en Intensa para darles una forma más exagerada y personal, con personajes corpulentos de cabezas más pequeñas, dejando así un mayor protagonismo a las masas de color, cuyos juegos forman parte intrínseca de la propuesta artística. En muchos casos son precisamente los colores quienes guían la narración, tanto en las experiencias oníricas como en la combinación de escenas entre el pasado y el presente. Siendo la obra más extensa de Sole Otero, Naftalina es también la más redonda.

28 – La ciudad de cristal,
de Isabel Greenberg (Impedimenta)

Recogiendo la reivindicación del arte de contar historias de su primera obra (La enciclopedia de la Tierra Temprana) y la importancia para esta labor que ha tenido la voz de las mujeres de la segunda (Las cien noches de Hero), la última novela gráfica de Isabel Greenberg nos cuenta la génesis de un universo literario a través de la vida de las tres hermanas Brontë y su hermano. La trágica historia de esta familia de autoras que escribirían algunas de las obras más influyentes de la literatura universal sirve de tapiz sobre el que se entrecruzan los personajes de sus diferentes trabajos, primero como un juego infantil y finalmente dentro de un mundo editorial predominantemente masculino. Sin embargo, el interés de esta obra no es el relato de sus cortas vidas, sino el ejercicio metanarrativo que diluye las fronteras entre realidad y ficción a medida que sus caminos se separan, sus decisiones las enfrentan y sus emociones las superan o provocan la inestabilidad de su cosmos creativo conjunto. Fiel a su estilo aparentemente naïf, con un bien medido uso del color, el arte de Greenberg sigue primando la expresividad y el cuidado en la composición de la página sobre el realismo o la complejidad narrativa, con especial énfasis en la manifestación de emociones en choque. La ciudad de cristal es tanto un homenaje a las autoras como a la imaginación y potencia creativa de la inocencia infantil, barnizado con la creencia en el potencial propio y en el valor de nuestras ideas.

27 – Nenúfares negros,
de Didier Cassegrain y Fred Duval (sobre Michel Bussi) (Norma Editorial)

Metafóricamente atrapadas en un cuadro impresionista, tres mujeres de tres generaciones (una anciana solitaria y recluida, una profesora encerrada en un matrimonio sin amor y una niña pizpireta con vocación artística) conviven en el Giverny de Monet. Un crimen abre la obra y un crimen la cierra, con la aparición de un coleccionista de arte flotando en el río al igual que lo hiciera un niño del pueblo décadas antes. Con estas cartas sobre la mesa, los Nenúfares negros de Cassegrain y Duval (adaptando la novela de Michel Bussi) se revelan como un sorprendente thriller que controla sus tiempos con una maestría apabullante para hacer del misterio y sus revelaciones una experiencia soberbia, emparentada estéticamente con La isla mínima o True Detective. En ambas el paisaje se convertía en alma, reflejo y cómplice de los secretos y pasiones que se ocultaban tras los crímenes. Ese paisaje subraya aquí constantemente su presencia a través del estilo pictórico del coloreado de Cassegrain, emulando las pinturas monetianas, con un diseño y actuación de personajes que muestra tanto como oculta. En definitiva, estos Nenúfares negros representan una de las mejores historietas de misterio de los últimos años, si bien es la estructura del guion de Duval lo que sublima unos hechos que, de otro modo, no serían especialmente reseñables. La labor del equipo creativo insta a la relectura inmediata y, sin duda, añade nuevas capas de disfrute a la experiencia. Un tebeo muy inteligente.

26 – Jimmy Olsen, el amigo de Superman #1-4 (de 6),
de Matt Fraction, Steve Lieber y Nathan Fairbairn (ECC Ediciones)

Si al inicio del Renacimiento de DC Comics me hubieran dicho que la mejor serie de la editorial un lustro después iba a ser la protagonizada por el secundario estrella de Superman, me habría reído. Mucho. Demasiado. Por demasiados motivos. Y, sin embargo, aquí estamos. Jimmy Olsen, el patoso por antonomasia, es la serie que mejor ha entendido el concepto de «renacimiento» y de lo que debería ser una serie nueva en un universo superheroico. O, mejor dicho, Matt Fraction es quien mejor lo ha entendido: la continuidad es, y siempre debería ser, una mochila (de la que sacar lo que necesitemos en cada momento o simplemente cargarla a la espalda) y nunca una muleta (algo en lo que apoyarse por necesidad para seguir adelante o, de lo contrario, no avanzar). Así, el guion de Fraction, con la inestimable labor de un Steve Lieber atemporal y del color enriquecedoramente conservador de Nathan Fairbairn, homenajea todo el historial de descacharrante absurdismo del que gozaba la serie de Jimmy Olsen a mediados del siglo pasado para, sin embargo, contar una historia totalmente original sobre los orígenes conjuntos del personaje con la familia Luthor y la fundación de la propia ciudad de Metrópolis. Todo ello con un sentido del humor que, por imperativo (i)legal, sacará a cualquier lector, aunque sea, una carcajada a lo largo de la serie (ni que sea con la hilarantemente ridícula caracterización de Batman). Entregas autoconclusivas repletas de juegos de palabras, homenajes a las cajas de texto clásicas, giros y recontragiros en torno al intento de asesinato de Jimmy, y decenas de gags visuales y detalles de fondo que Fraction y Lieber cerrarán en las dos entregas restantes de 2021. Un thriller cómico de ciencia-ficción como firmado por los hermanos Marx.

25 – Die (La partida), Vols. 1-2,
de Kieron Gillen y Stephanie Hans (Panini Comics)

En 1991, un grupo de adolescentes se reúne en casa de Solomon para experimentar por primera vez un juego de rol creado por el chico, bajo la promesa de que es algo diferente, de que es “fantasía para adultos”. Dos años después, el grupo reaparece en el mundo real tras haber sido absorbidos por el juego, pero a una le falta un brazo y no hay rastro de Solomon. En 2018, el grupo de amigos vuelve a reunirse tras la aparición del dado ensangrentado del desaparecido, un objeto cuyo poder los devolverá al mundo de fantasía, encarnando de nuevo a sus personajes para descubrir que Solomon es amo y señor y espera que el juego comience de nuevo. Kieron Gillen, guionista famoso por deconstruir el género fantástico con ecos en el mundo real (Phonogram, The Wicked + The Divine), hace lo propio desde el prisma (o el icosaedro) de los RPG, intercalándolo con una reflexión sobre la oxidación de nuestra imaginación por las responsabilidades de la madurez. El universo que construye visualmente Stephanie Hans es uno de colores de gran expresividad que denota una voluntad pictórica en reflejar las emociones en colisión de sus protagonistas, compensando así unos rostros cuyas inconsistencias enseguida se olvidan frente al despliegue artístico general. En lo que atañe al mundo real, el pasado idealizado anterior al incidente que da pie a la serie se baña de unos colores cálidos, como el eterno verano de la adolescencia. Sin embargo, estos tonos se rompen y dejan paso al frío cuando el grupo retorna tras la tragedia. El propio título del primer volumen en inglés, Fantasy Heartbreakers, es una expresión que se refiere al primer acercamiento de alguien que creía tener controladas las reglas de funcionamiento de los juegos de rol fantásticos y se ve arrojado a algo más ambicioso que le pondrá cara a cara con sus carencias. [Reseña completa]

24 – La pequeña forastera: Siúil, a Rún, Vols. 7-9 (de 11),
de Nagabe (ECC Ediciones)

Y en 2020 finalmente llegaron las respuestas. Nagabe va cerrando su historia, a falta de dos volúmenes, y la relación entre el doctor y la niña alcanza un punto de no retorno. Por otro lado, conocemos también parte del pasado del doctor (¿doctor?), el destino de las criaturas negras, los peligros reales que acechan a los protagonistas, e incluso el ritualismo y la falta de conocimientos del reino humano, guiado por fanatismos y supersticiones interpretadas como respuestas divinas. Pero nada nos prepara, en cualquier caso, para el impacto emocional de estos volúmenes, bellísimamente ilustrados en ese blanco y negro sucio y decadente, de cuento de hadas europeo, que imprime Nagabe a La pequeña forastera. El pasar de las páginas nos congela el alma con el frío de la nieve de sus paisajes, dejan yertos como las ramas negras de esos árboles que acaban poblando, sin saberlo ni sentirlo, ese escenario muerto. Poca duda cabe que este es el trabajo más personal de Nagabe y al que más cariño ha puesto, nada que ver con su divertida Las bestias de Wizdoms o las anecdóticas Historias cortas, obras menores pero entretenidas que también publicó ECC Ediciones en 2020. Siúil, a Rún, siúil

23 – P. Mi adolescencia trans,
de Fumettibrutti (Continta Me Tienes)

Como apunta el esclarecedor, didáctico y necesario prólogo de la escritora Alana Portero a esta obra, las narrativas trans a través de escritores cis (en especial, hombres cis) han estado casi siempre «deformadas por el sufrimiento, la violencia, la burla y el abandono». En 2020 pudimos ver también el documental Disclosure, que trataba precisamente esta injusticia histórica a través del prisma de Hollywood, obligándonos a muchas personas a mirar atrás a películas y series que disfrutamos el siglo pasado y que, con ojos y conocimientos actuales, nos horrorizan (y, sin embargo, ese sentimiento jamás se acercará ni remotamente al daño causado a personas trans desde el primer momento en que fueron estrenadas). Reapropiándose del altavoz de su propia identidad, la autora Fumettibrutti, pseudónimo de Josephine Yole Signorelli, narra en P. su caótica adolescencia en un relato sin tapujos que no busca transmitir trauma, un prisma sensacionalista o una complicidad victimizada. Esta es la historia de una adolescencia problemática, como puede serlo cualquier otro, con la complejidad añadida de una transición de género autocuestionada, revelada y, finalmente, aceptada, poniendo en marcha su interpretación más prosaica en los últimos compases de la obra. Un arte desdibujado, casi abocetado, que tan bien funciona para representar ese choque de identidades en proceso de autodestrucción y reconstrucción, con colores planos y chillones que denotan los excesos y pasiones desatadas en las páginas. Además, la estructura escogida potencia el mensaje relevante de Mi adolescencia trans, con las lúcidas respuestas de la protagonista en las sesiones de terapia del final. Un testimonio artístico de los que, pocas dudas caben, debería catalogarse como necesario.

22 – Karmen,
de Guillem March (con Tony López) (Norma Editorial)

Esta es la historia de un error sin vuelta atrás, de un impulso autodestructivo, de una crisis personal llevada al extremo. Pero también es la historia de unos sentimientos, de la empatía y de la importancia de cambiar el punto de vista a la hora de juzgar y juzgarnos. La protagonista de la obra de Guillem March se suicida en sus primeras páginas y recibe la visita de la proverbial Karmen, una agente del más allá dedicada a la gestión de las almas y de su transición a su próxima vida. Este sistema de muerte y reencarnación basado en el karma (representado en el espacio con un diseño entre kirbyano y escheriano), unido a la dicharachera «shinigami», otorga una dimensión lúdica al trauma de su personaje y permite una nueva perspectiva (literalmente) sobre la ciudad de Palma de Mallorca, apabullantemente dibujada por March. Además, su color (asistido por Tony López), con una omnipresencia de filtros rojos y azules como representando el choque entre un mundo y otro, termina de dar vida (y muerte) al apartado artístico, que es el valor principal de Karmen. Perspectivas imposibles, hiperdetallismo arquitectónico y versatilidad y flexibilidad en sus figuras, con especial buen gusto al representar cuerpos desnudos (algo que se agradece al evitar la fetichización en un tema tan complejo y trágico). En resumen, la historia se preocupa lo suficiente de aplicar sensibilidad donde puede faltar originalidad y el sabor que queda al final es ciertamente positivo, de una calidez inesperada.

21 – El chico de los ojos de gato, Vols. 1-2 (de 2),
de Kazuo Umezz (Satori)

Sorprende que hasta 2020 la única obra publicada en España del mangaka Kazuo Umezz fuera Aula a la deriva en una edición descatalogadísima que tampoco tuvo suficiente predicamento cuando llegó. Afortunadamente, como decíamos más arriba en la microrreseña de La casa de los insectos, Satori es una de las editoriales que se están animando a recuperar mangakas clásicos y esta El chico de los ojos de gato es una de las obras más representativas de Umezz. Recogiendo la tradición japonesa de los yōkai, este monstruito de ojos de gato nos lleva en sus dos volúmenes en un viaje sobrenatural a través de relatos terroríficos con una estética que recuerda a la de otros autores del género como Shigeru Mizuki. Entre el protagonismo como figura trágica y el voyeurismo de tragedias ajenas, casi como si un Guardián de la Cripta se tratase, cada episodio nos muestra a diferentes criaturas, a cada cual más grotesca, que interactúan con el mundo de los humanos en una atmósfera opresiva donde la noche y la naturaleza parecen un antagonista más que atraer a los personajes a la perdición. El trazo de Umezu aún conserva una cierta inocencia tezukiana, la cual se ve oscurecida por un entintado grueso, barroco, de cuyo contraste surge una profunda sensación de desasosiego. Justificadamente, un clásico del cómic de terror.


IMG 2020


20 – Regreso al Edén,
de Paco Roca (Astiberri)

Yendo un paso más allá en su interés por los temas de la memoria, la familia y la fragilidad o tenacidad de los hilos que unen a ambas, Paco Roca se entrega a un nuevo reto narrativo que rompe con todas las expectativas en unas primeras páginas que prácticamente pertenecen al género de la ciencia-ficción y que acabarán llevándonos por caminos más cercanos al realismo mágico. Sin embargo, en sus entrañas sigue siendo un cómic de Paco Roca, protagonizado principalmente por las mujeres de su familia en la Valencia de posguerra, centrándose especialmente en la figura de su abuela a partir de una fotografía (el «reverso» de la cual está representado en la portada de la obra). Necesidades contra realidad, personalidades en colisión, silencios y deberes, libertades delegadas, inmortales aprecios e imperdonables desprecios… La complejidad de una familia de clase baja en uno de los peores momentos económicos y sociales del país, representada a través de un guion inteligentísimo que engarza y desengarza piezas a voluntad para conformar, finalmente, la mencionada fotografía. Así, lo onírico, lo imposible, los recuerdos desdibujados y salpicados de ese marco de ciencia-ficción o impulsos de realismo mágico, sirven para mitigar los golpes emocionales, otorgando escapismo al dolor y a lo perdido. Un costumbrismo dramático al que se regala un final feliz (pero agridulce).

19 – Naguará,
de Natalia Velarde (Tarde y Triste)

Como si Dave McKean se entregase a una visceralidad punk de tripas emocionales fuera, la grotesca psicodelia de Natalia Velarde se entrelaza con poesía y diario reflexivo en varios relatos de una potencia visual innegable en los que texto e imagen acentúan un existencialismo tremendista. Naguará es un fanzine que recopila cinco relatos de la autora, premiados o finalistas en diversos certámenes, que parten de la sensación de aprisionamiento social (puesta en boca de seres acuáticos), pasando por episodios depresivos, síndrome del impostor o autodesprecio, hasta reivindicarse en la autoimagen monstruosa como vía de escape a través del arte. Cada uno de los relatos tiene una estructura y representación narrativas diferentes, mutantes, cuyas viñetas y textos se convierten en organismos vivos, acaso icónicos, que fluyen y se destruyen sobre las páginas, con unos colores abrumadores que lo ocupan todo, que explotan, que gritan, que manchan, haciéndonos partícipes de la sinestesia. La palabra «Naguará» se refiere, en su origen venezolano, a una bandada de aves ya extintas, pero se utiliza como una expresión de sorpresa, alegría o tristeza; un carrusel de emociones posibles como las que suscita la lectura de este fanzine. Natalia Velarde es una autora a tener en cuenta en el futuro.

18 – La cámara oscura del Olimpo,
de Rodrigo Lucio y Carlos Dearmas (Ediciones Valnera)

En su portada, La cámara oscura del Olimpo muestra un panteón en ruinas, derrumbándose, como la gloria de los antiguos días de los dioses griegos. Y como si de aquella gloria pasada se tratase, Carlos Dearmas construye inteligentemente las páginas de esta obra como un constante fluir de estatuas, literales en su prólogo y metafóricas a lo largo de la obra. El dibujante esculpe en La cámara oscura del Olimpo páginas sin viñetas cuya secuencialidad es marcada por el recorrido del ojo sobre ellas, siendo constantemente guiados por la narrativa visual en un recorrido serpentino que acentúa el carácter mitológico de la obra. Además, su estética parece beber de todo tipo de influencias, que podrían ir desde el arte clásico y neoclásico hasta Berserk o Spawn. El guion de Rodrigo Lucio sitúa el principio del fin del panteón olímpico en las guerras intestinas desatadas durante el conflicto de Troya en el que diversas divinidades intercedieron por ambos bandos. Rencores, traiciones, ansias de poder y decadencia física y moral, todos ellos contribuyen a la arquitectura de su propio fin, que tiene curiosos ecos en un presente del siglo XXI tan decadente como los dioses griegos que pasaron a ser romanos antes de su extinción. Una lectura perfectamente complementaria a Hades, uno de los grandes videojuegos de 2020.

17 – El clan de los Poe, Vol. 1 (de 2),
de Moto Hagio (Tomodomo)

Poco antes de que Anne Rice se entrevistase con el vampiro, Moto Hagio ya estaba refinando la mitología y estética de los vampiros (aquí vampirnellas) para despojarlos de casi todo ápice de monstruosidad y llevarlos a un decadente entorno romántico decimonónico. Y la influencia de Hagio nos ha llegado igualmente a través de la saga Crepúsculo de Stephanie Meyer, que recogía también el concepto de familia vampírica que debe mudarse periódicamente para no levantar sospechas sobre unos jóvenes que nunca parecen envejecer. Lo cierto es que, como buena parte de las autoras de la Generación del 24, Hagio imprime una delicada estética a sus personajes, con especial atención a peinados y atuendos, que es la que acaba otorgando una atmósfera onírica y cuasi-mitológica a los vampirnellas. Esto contribuye a que las vivencias de Edgar y Merrybelle sean transmitidas por una tradición oral propia, desconociendo si ocurrieron o no de verdad, como si fueran relatos de amores imposibles, amistades frustradas y sufrimientos inagotables de un autor trágico (Edgar… Poe…). Así, cincuenta años después de su publicación original, los rumores de una familia inmortal con dos hermosos y cautivadores infantes al fin llegan a la Península Ibérica…

16 – Primavera para Madrid,
de Magius (Autsaider Cómics)

España es una gran nación. Y los españoles muy españoles y mucho españoles. Especialmente desde que la Transición de la dictadura a la democracia se realizara por el método de fingir que no había ocurrido nada, pelillos a la mar, monarquía constitucional y aquí paz y después gloria. Así, el sentimiento nacional fue sustituido por (o mostró su verdadera cara en) el poder económico, ostentado lógicamente por quienes se habían beneficiado de la fidelidad al régimen dictatorial. El vacío de poder tras la muerte de Franco fue rellenado por diversas formaciones políticas y económicas que, en muchos casos, bebían de los modos y maneras sostenidos durante cuatro décadas. Y eso incluía diversos privilegios económicos, vista gorda a asuntos de dudosa legalidad, y un monarca cómplice movido, principalmente, por la impunidad para satisfacer sus vicios e intereses. Pero guardar esqueletos en el armario solo funciona hasta que salen a tomar el aire… Este es el planteamiento de Magius en unas páginas en oro y negro (aplausos a la edición de Autsáider) como las tarjetas de crédito de los deleznables protagonistas que las pueblan. Un estupendo resumen, en clave de política-ficción, de los múltiples casos de corrupción (con foco principal en la capital) que han sido destapados en la España de la última década, salpicando en buena parte al partido que estaba en el Gobierno. Con línea clara, sombras pesadas y abundantes, y numerosos episodios demasiado absurdos para ser reales (y otros demasiado reales para ser solo absurdos), Magius hace satírica e icónica memoria histórica y radiografía lo que ha sido el sector privilegiado de este país lo que llevamos de siglo XXI. Y lo que nos queda… [Reseña completa]

15 – La edad de oro, Vol. 2 (de 2),
de Roxanne Moreil y Cyril Pedrosa (Norma Editorial)

Cuando incorporé la primera mitad de esta obra al Top de Cómics de 2018 afirmé que, al describir la obra como un tebeo europeo de temática medieval con ligeros tintes fantásticos, lo natural sería pensar en el clasicismo con el que la bande dessinée suele ilustrar este tipo de relatos, desde un realismo detallado. Precisamente porque La edad de oro es todo lo contrario a dichas expectativas, con una estética de cuento clásico, prácticamente de retablo con filtros Disney. Las intrigas palaciegas de la primera entrega dan paso aquí a una guerra abierta con trasfondo de revolución popular que cuestiona el papel de los héroes, los guías, las cabezas visibles que se encumbran más allá de sus aportaciones… y de la monarquía (algo muy francés, por otra parte). Finalmente, se confirma que las briznas de magia y fantasía que incluye Moreil en su guion son prácticamente un macguffin, en tanto que propician y vehiculan la respuesta final, pero no la determinan. Porque el poder radica en el pueblo y ese debe ser el principio de toda Edad de Oro. Por su parte, Moreil sigue entregando atrevidas y detalladas composiciones de página que sí parecen abiertamente fantásticas, pero por sus increíbles dotes para el color y por el aura mítica que le aporta que su propia línea esté coloreada, haciendo que todos los personajes y elementos adquieran un carácter casi flotante, de relieve sobre el papel. Así el grabado da paso al retablo y la historia se convierte en leyenda.

14 – Piel de mil bestias,
de Stéphane Fert (Nuevo Nueve)

Reinvención marcadamente autoconsciente de los mecanismos del cuento clásico. Una princesa maldita, un padre sátiro que la codicia, un príncipe botanista que se enamora en un beso robado, una bruja hada del bosque con dobles intenciones. A priori, el planteamiento no parece especialmente innovador, pero tanto la estructura del relato como los numerosos comentarios metanarrativos sobre los tópicos cuentísticos convierte a esta relectura libre de los hermanos Grimm en algo especial. No obstante, si el enfoque argumental no resultara lo suficientemente interesante, la propuesta gráfica de Stéphane Fert ya es motivo de peso para acercarse a Piel de Mil Bestias. Entre la ilustración infantil y el expresionismo más colorista, los lápices, acuarelas y distintos recursos artísticos del autor hacen que las páginas cobren vida y amalgamen en todo su monstruoso esplendor la doble naturaleza fantástica y terrorífica del folklore, como ocurría en Una piel pesada de Clara Patiño. Y es que, si bien no termina de perder nunca la predisposición a ser una lectura para todos los públicos, sí que incluye pasajes que, con unas decisiones gráficas distintas, habrían resultado inapropiadas para el público infantil (como tantos elementos de los más famosos cuentos clásicos en su forma tradicional). Una fábula imperecedera. [Reseña completa]

13 – Costas salvajes,
de Ram V, Sumit Kumar y Vittorio Astone (Editorial Hidra)

“¿Cómo llegaste a este mundo?” es la pregunta recurrente que recibe la criatura primigenia que protagoniza Costas salvajes. Y el relato se distorsiona en cada respuesta, pero la violencia, la trágica pesadumbre de la consciencia y el irrefrenable deseo de ascensión (incluso a través del canibalismo) están presentes en todas ellas. La depredación de los iguales, y las explícitas xenofobia y misantropía que engrasan este proceso, son los cimientos del poder absoluto, el origen de todo imperio. Así pues, ambientada durante la primera guerra anglo-mysore de 1767, la obra del guionista Ram V y el dibujante Sumit Kumar (ambos de origen indio), acompañados por la impresionante labor del colorista Vittorio Astone, nos ofrece un relato de monstruos y máscaras en medio de la lucha imperialista por el control de la Ruta de la Seda por parte de la Compañía Británica de las Indias Orientales. Sin embargo, el guion de Ram V se apoya inteligentemente en estas sólidas bases para narrar un drama de terror con tintes de romance que establece el choque entre civilización y barbarie a través de sus monstruosas criaturas: el vampiro occidental y el demonio hindú. De estos choques toma Kumar sus figuras grotescas y su entintado selectivamente desgarbado, combinando el aire de Vieja Europa con el misticismo y la exuberancia oriental, donde la simbología, la naturaleza imponente y los espacios abiertos toman el control. Todo ello mientras la sugestiva paleta de colores de Astone, a caballo entre la oscura frialdad británica y la magia del paisaje ardiente indio, insufla vida (y muerte) al conjunto. [Reseña completa]

12 – Redlands, Vol. 1: Hermanas de sangre,
de Jordie Bellaire y Vanesa R. del Rey (Norma Editorial)

“¡Qué otra cosa es una mujer, sino un enemigo de la amistad, un castigo inevitable, un mal necesario, una tentación natural, una calamidad deseable, un peligro doméstico, un deleitable detrimento, un mal de la naturaleza pintado con alegres colores!”. De la innegable verdad que pinta aquí el Malleus Maleficarum sobre las mujeres como grandes destructoras y desestabilizadoras del mundo de los hombres, el primer tebeo guionizado por la colorista Jordie Bellaire, e ilustrado por Vanesa R. del Rey, abraza por completo todos los prejuicios y afrentas históricas contra la mujer y dan la vuelta para transformarlas en literales fuerzas de la naturaleza, encarnadas en tres mujeres muy diferentes. La premisa es, precisamente, el arrebatamiento del poder patriarcal en un pequeño pueblo del sureño (muy sureño) estado de Florida, haciéndose nuestras tres protagonistas con el control de la localidad, empezando por la comisaría de la que colgaban banderas confederadas. El objetivo de las brujas, según sus propias palabras, es purificar el pueblo restableciendo su honor y la fertilidad de su tierra a través de un sacrificio de sangre y venganza. Sororidad, sensualidad y búsqueda violenta de equilibrio marcan tanto el relato como el arte de Del Rey y el color de Bellaire, hermanadas en el fuego y en la sucia pero segura oscuridad, de tintas cargadas y expresivas, de personajes dibujados como recién arrancados de la tierra. Visceralidad de un feminismo desgarrado. [Reseña completa]

11 – Bella Muerte, Vol. 3 (de 5): La rata,
de Kelly Sue DeConnick, Emma Ríos y Jordie Bellaire (Astiberri)

Bella Muerte siempre ha girado en torno al origen de las historias y el arte de contarlas, desde la tradición oral a los mitos y leyendas que esta ha generado y alimentado. Y en cada volumen han cambiado el contexto y el género en el que se desarrollaba su historia río, pasando del western al bélico para, en este caso, centrarse en otra cuna de historias: Hollywood. Así, el guion de Kelly Sue DeConnick se centra en la narrativa clásica de los sueños rotos de las actrices que buscaron fortuna en el mundo del cine mientras adquiere unos tintes noir con la investigación sobre la misteriosa muerte de una joven. Emma Ríos aprovecha para presentar su versión más oscura con una estética de juego de siluetas, fotogramas y encuadres que se suman a la épica intimista que potencia en tándem con los colores de Jordie Bellaire. Ciertamente, La rata es la mejor entrega de las tres a nivel estético, y probablemente también temático. DeConnick representa los temas a través de encarnaciones corruptas de los miedos y aspiraciones de sus personajes, aumentando así su elenco mitológico y ofreciendo nuevos horizontes de diseño a Ríos, que imprime también un aura de fábula de influencia japonesa que, de nuevo, universaliza el arte de contar historias que trata de sublimarse en esta serie. La belleza y la muerte del título se entrelazan como los anillos de una serpiente que no nos suelta hasta pasar la última página.


YAdC


10 – Matadero Cinco, o la Cruzada de los Niños,
de Ryan North y Albert Monteys (sobre Kurt Vonnegut) (Astiberri)

Adaptar clásicos de la literatura siempre es misión compleja, pero el trabajo de Ryan North y, sobre todo, Albert Monteys en torno a la novela más enigmática de Kurt Vonnegut es uno de respeto, cariño, inteligencia y voluntad de crear una obra propia. Se ha repetido mucho en reseñas y entrevistas que uno de los valores principales de este Matadero Cinco es precisamente la sensación que transmite de que siempre fue un tebeo, que su lenguaje y su narrativa son inherentemente historietísticos y que todo esto pone en valor su relevancia, más allá de la novela original. Un alegato antibelicista marcado por el humor negro, la ciencia-ficción, los viajes en el tiempo y una (quizá demasiado) optimista mirada al futuro que, de no haber sido 2020 un año catastrófico que parece desbordarse sobre 2021, habría calado más hondo entre los lectores. La complicidad que busca implementar se sostiene sobre un guion sintético muy inteligente de North, repleto de frases de Vonnegut para el recuerdo y situaciones absurdas, junto al mejor trabajo de Monteys hasta la fecha, que se sigue superando con la experimentación narrativa, el nivel de detalle, la plasticidad conceptual de sus escenas, haciendo parecer fácil lo que es claramente un texto muy complejo. La máxima expresión de la brillantez artística del tebeo se encuentra en su portada (en colaboración con el diseñador gráfico Scott Newman), ejercicio de síntesis imponente. Así pues, Matadero Cinco conforma un sonriente intento de cura contra el cinismo que sigue más que vigente 50 años después de que la novela viera la luz y 75 desde los sucesos de la II Guerra Mundial que dan pie al desarrollo de la historia. En otras palabras, «Así fue y será».

9 – Devastación,
de Julia Gfrörer (Alpha Decay)

Morir para seguir viviendo o vivir para seguir muriendo. Estos dos son los únicos caminos que parece ofrecer el severo y siniestro paisaje gótico que pinta, incolora, la Devastación de Julia Gfrörer, debut del sello Alpha Cómic. La autora presenta un pueblo azotado por la Peste Negra en el que la rutina diaria consiste en comprobar si alguno de tus familiares ha fallecido y, en caso afirmativo, cargar con él hasta lo que es ya una fosa común (no, esta obra no fue creada en 2020, pese a que pueda parecerlo…). La breve historia gira en torno a una mujer, literalmente superviviente desde su infancia, y sus maneras de hacer frente a la tragedia constante que supone el día a día. Sin embargo, en este invierno vital perpetuado por el blanco y negro y las omnipresentes líneas que dibujan y desdibujan al mismo tiempo, hay espacio para la esperanza. O eso es lo que pretende transmitirnos Gfrörer mientras el aire también se corrompe a nuestro alrededor frente a la atmósfera ominosa. La solidaridad, la comunidad y hasta la carnalidad se muestran como únicas vías de supervivencia, como sólidas alternativas a la fe en una sociedad en la que las creencias son claramente insuficientes para lidiar con el sufrimiento, pese a que la protagonista se encomiende a la santa protectora contra la muerte súbita. Las cruces son ya más visitadas en el cementerio que en la iglesia, así que el único lugar reconfortante es el calor de los otros. [Reseña completa]

8 – Box: Hay algo dentro de la caja, Vols. 1-3 (de 3),
de Daijirô Morohoshi (Satori)

La primera obra publicada en España de Daijirô Morohoshi, esta misteriosa Box, se nos presenta como un rompecabezas disfrazado de relato de terror en la tradición de Kazuo Umezz (Aula a la deriva) o, también recuperado recientemente, Minetaro Mochizuki (Dragon Head): siete personas reciben sendos rompecabezas de distinto tipo en sus hogares y su resolución (o imposibilidad para hacerlo) los llevará a un misterioso edificio cúbico, la Caja, y sin puertas en medio de la ciudad. De la reunión de los siete individuos con una joven curiosa surgirá el acceso al interior de la construcción donde se enfrentarán a una serie de nuevos rompecabezas que los abrirá en canal, literal y/o figuradamente. Morohoshi, consciente de que su premisa no parece tan original, opta por no ocultar sus referentes, adscribiéndose así a la tradición para introducir un giro social que rompe con ella o comenta sus carencias. Y es que el choque generacional está planteado desde la propia elección de las edades, géneros y clases de los ocho protagonistas, y el desvelamiento de sus secretos, la resolución de sus rompecabezas internos, propondrá una serie de puntualizaciones frente a clichés y debates muy actuales (pese a que el autor era un sexagenario cuando se publicó la obra, algo que se refleja en un arte irregular pero efectivo). Su complejidad temática, su mitología o su abundancia de temas reflejados pueden encontrarse en otro nivel al que no es necesario acceder, pero que, en definitiva, convierten a Box en un excepcional juego al que muchos tipos de público pueden jugar… o ser devorados por la Caja. [Reseña completa]

7 – Patria,
de Toni Fejzula (sobre Fernando Aramburu) (Planeta Cómic)

Volviendo a adaptaciones literarias dificultosas, sea por su complejidad narrativa, su extensión o, en algunos casos, por las sensibilidades que retrata. La obra que Toni Fejzula ha construido en Patria aúna los tres factores y, sin embargo, el autor barcelonés de origen yugoslavo consigue hacerla suya de manera magistral en todos los frentes. La novela original gira en torno a dos familias, aparentemente irreconciliables desde el momento en que uno de sus miembros parece haber asesinado a otro por orden de la organización terrorista ETA. Efectivamente, el escenario es la Euskal Herria post-franquista que, desde cierto sector de la sociedad, continúa en la época retratada su lucha política y militar (“bietan jarrai”) contra el Estado español al que considera aún opresor. Haciéndose eco de la decisión estilística original de Aramburu, Patria se mueve constantemente atrás y adelante en el tiempo a lo largo de 30 años, y Fejzula centra también la narración en 9 personajes protagonistas con sus propias voces internas bien diferenciadas. No obstante, si la complejidad narrativa del texto ya supone un agradable y emocionante reto, es la presentación gráfica de Fejzula la que vehicula y eleva esa manera de contar la historia. Ese trabajo de guía a través del laberinto de personajes se hace especialmente patente a través de su arte y sus elecciones al color, con predominancia de tonos cálidos y casi omnipresencia (desde la propia portada) de los morados y rosáceos, cruce de los azules y rojos que oponen a ambos bandos en los cuadros de pensamiento. La calma fingida y el no deseado pero necesario aislamiento de la familia de la víctima, frente al fuego y la sangre ardiente que brota del lado del presunto verdugo. El perdón no cura, pero cicatriza la herida sangrante y, como la propia historia nos cuenta, una cicatriz ya es una forma de cura. [Reseña completa]

6 – Este era el lugar,
de Chris Reynolds (Libros Walden)

“Pensó por un instante que quizá los edificios estaban vivos, en realidad, y simplemente morían de soledad”. En pocas ocasiones encontramos una adecuada traslación de la prosa poética al cómic, o al menos de un modo en el que las emociones realmente conmuevan a quien lee. Las presentes obras «completas» del obscuro historietista británico Chris Reynolds, sin pretenderlo, subliman este efecto a través de una lírica de los espacios con un tono melancólico, misterioso y casi romántico en una visión pseudorrealista de la Gran Bretaña de posguerra. Entre la ciencia-ficción sutil y el retrato intimista de los lugares que se impregnan de nuestras vivencias y recuerdos, la memoria y su reescritura natural encarnan en Este era el lugar el paso de un tiempo indefinido que atraviesa con violenta calma la dimensión del espacio. Reynolds representa este choque con una disposición minimalista de viñetas que nos coloca tras una especie de reja o ventana para observar a su extraño elenco de personajes, quienes desafían los clichés que parecen rodear a su diseño al zambullirlos en una atmósfera que los (nos) cautiva y revuelve, acaso sin poder de decisión (con la excepción del enigmático Monitor). Grandes masas de negro, tintas que desdibujan tanto como sugieren, detallismo espacial frente a parquedad en las figuras… Todo ello contribuye a una atmósfera emocional que nos absorbe, descoloca, reordena nuestros pensamientos y, al terminar la obra, nos abandona. Lo que queda es un sentimiento apacible y un hálito de esperanza por el futuro, que fue pasado y ya es presente.

5 – La cólera,
de Santiago García y Javier Olivares (Astiberri)

Siguiendo el camino opuesto a La cámara oscura del Olimpo, el último trabajo del tándem de Santiago García y Javier Olivares planta los pies en el barro de la mitología griega para, en lugar de hablarnos de dioses contagiados por pasiones terrenales, centrarse en seres humanos que, imbuidos por la divinidad, se enfrentaron a su propio ser y encontraron su identidad. Partiendo de las epopeyas homéricas, el guion de García realiza un viaje introspectivo a la psique del héroe Aquiles a través del episodio en que, profetizada su muerte en la guerra de Troya, según se cuenta en la versión de los mitos que nos llegó, se «disfrazó» de mujer, Pirra, escondida en un harén. El giro que rompe la narración épica para adquirir tintes de ciencia-ficción es lo que aprovecha el guionista para plantear la cuestión de la fluidez de género en un futuro hipotético que se le brinda a los descendientes de Aquiles como mujer. Sin embargo, en ningún caso la obra opta por un enfoque sermoneador, sino uno más lírico, empático, que en manos menos adeptas que las de Olivares podría haberse desmoronado. Pero el artista domina las atmósferas y nos traslada con soltura de los sucios, pictóricos, apocalípticos escenarios a los límpidos, asépticos, casi melancólicos devaneos con un futuro cercano, si bien son las transiciones de un mundo a otro las que se abandonan al lirismo, a la sorpresa de quien sostiene el libro, y a las reflexiones que los textos propician en el núcleo de La cólera. Una lectura-experiencia única.

4 – Gokushufudô: Yakuza Amo de Casa, Vols. 1-5,
de Kousuke Oono (Ivréa)

Por si a alguien le sorprendiera la inclusión de esta obra en un puesto tan alto y por delante de grandes nombres de la industria, os remito a la introducción a este artículo. Y es que es una verdad universalmente reconocida que las comedias que se limitan a ser comedias, sin un poso dramático detrás, tienden a ser consideradas inferiores al resto. Pero el Yakuza Amo de Casa de Kousuke Oono, que ofrece exactamente lo que reza el título, ha sido sin lugar a dudas una de las mejores lecturas de un año en el que la necesidad de escapismo ha estado, literalmente, a la orden del día. Las aventuras autoconclusivas del exmafioso japonés llevando sus antiguas habilidades y jerga al ámbito de las tareas del hogar, las compras o el tiempo libre han resultado en carcajada tras carcajada, además del matrimonio más sano y adorable del cómic en 2020. Aunque nadie debería llevarse a engaño: el arte de Oono está a la altura de la calidad de sus guiones, tomándose tan en serio algunas escenas como el protagonista se toma sus tareas, con una capacidad innegable para el timing cómico que hace que funcionen igual de bien los giros absurdos que el slapstick. Os lo garantizo: esta merca es la mejor.


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3 – Queridos difuntos,
de Lorenzo Montatore (Sapristi)

Es una verdad universalmente reconocida que todo artista es la suma (o la resta) de sus referentes, los cuales pueden proceder de la misma disciplina artística o de muchas otras, pero rara vez se manifiesta esta mezcolanza de una manera que sea al mismo tiempo evidente y efectiva. Con Queridos difuntos podríamos afirmar que Lorenzo Montatore ha posibilitado una de esas «raras veces», a la vista de un cómic que aúna la estética de los tebeos de Bruguera para sus personajes, la de Super Mario y otros videojuegos de 8 bits para sus escenarios, y numerosos referentes literarios que en su guion abarcan desde las tragedias griegas hasta los versos de Federico García Lorca. La premisa es, a priori, sencilla: la Muerte, en plena crisis existencial, decide que quiere experimentar qué es la vida para conocer mejor qué significa perderla, ese último paso que se le niega como guardiana del umbral. Como si de Quijote y Sancho se trataran, la Muerte con su demonio acompañante decidirán realizar el experimento vital en un pueblo de una onírica España interior marcada por fantasmas de la Historia. «El pasado está tan presente que el tiempo parece simultáneo», señala un huérfano de posguerra. El tono agridulce enmarca esta autodenominada tragicomedia que se mueve entre capítulos con un coro griego en los entreactos. Este acompaña las canciones sufrientes de la Muerte, mientras un amargo pero emotivo humor negro choca con la estética inocente, casi infantil, de la decisión artística de Montatore. Queridos difuntos deviene así en una apasionante excursión emocional de fuertes raíces literarias, tan cercana e identificable como rompedora y sorprendente.


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2 – ¿Me estás escuchando?,
de Tillie Walden (La Cúpula)

La última obra de la gran Tillie Walden es un road trip a través de las carreteras del Oeste de Texas, la “perfecta mezcla de gigante y diminuto” paisaje en el que una adolescente fugada y una mecánica en plena crisis existencial descubrirán las emociones y facetas ocultas de cada una de ellas durante un viaje a ninguna parte… Hasta que la aparición de un misterioso gato convierta el periplo prácticamente en una operación de rescate que sirva de excusa para ahondar más en las profundidades personales de las protagonistas. Todo ello trasladado a las páginas con la soltura y versatilidad de Walden para narrar, alterar sus propios códigos genéricos y, sobre todo, dotar de magia y onirismo a cada página con sus evocadores juegos de color. Así, ese Oeste de Texas, entre lo rural y acogedor y entre lo vasto y fantástico, sirve de escenario mental para desarrollar dos vidas entrelazadas que nos hablan de cuestionamiento y reordenación del propio destino frente a lo esperado y lo determinista… hasta que el realismo mágico empieza a nutrir a la obra de influencias surrealistas y arquitecturas expresionistas, a través de las cuales se desarrolla una persecución que imprime un ritmo frenético hasta el clímax. “Nada de esto es culpa tuya” es la frase que precipita el tercer acto y que resuena hasta un final reconfortante que nos ayuda a escapar. [Reseña completa]


1

1 – No te vayas sin mí,
de Rosemary Valero-O’Connell (Astiberri)

La mejor obra del año (para un servidor), No te vayas sin mí, supone prácticamente el debut en solitario de Rosemary Valero-O’Connell, un tríptico de relatos de realismo mágico que muestran tres caras muy diferentes del amor, la idealización y el recuerdo. Una reflexión sobre las relaciones amorosas que parecen deteriorarse, alejarse, pero que pueden recomponerse o, tras un periodo de dificultades, un nuevo camino puede suponer la reparación, la curación. A esta le sigue un relato de ciencia-ficción que lleva el concepto de empatía a la literalidad a través de una nave especial propulsada por los recuerdos vitales de la persona que integra su motor. Y finalmente un retorno a ese realismo mágico, de la corriente de Gabriel García Márquez, que lanza un bonito mensaje sobre la búsqueda de puntos de unión entre todas las personas para hacer frente a un futuro incierto que, de la noche a la mañana, puede devenir en catástrofe.

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Con todo esto, No te vayas sin mí tiene una clara voluntad de vista al frente, destacando la fuerza de las conexiones interpersonales, pero reivindicando la vivencia individual como puesta en valor dentro de un todo social. Visiones actuales y necesarias que se ven representadas con la delicadeza y maestría que ya caracterizan a una Valero-O’Connell que, como pudimos ver en Laura Dean me ha vuelto a dejar, domina el uso narrativo del color sobre unos lápices imaginativos, igualmente mágicos, que nos transportan a mundos alternativos, a vidas ajenas y a un futuro al que mirar con la esperanza de que salgamos más unidos de una situación apocalíptica. [Reseña completa]


Y con esto termina el mega-artículo del Top de Cómics 2020.
¿Cuáles han sido vuestras experiencias comiqueras más gratificantes del año?
¿Hay algún tebeo de esta lista del que querríais que hiciera una reseña?

También podéis visitar las listas de años anteriores:
TOP CÓMICS 2017
TOP CÓMICS 2018
TOP CÓMICS 2019

Espero que alguien encuentre este artículo útil, interesante o, al menos, legible.
¡Muchísimas gracias por leerme y sobrevivid al nuevo año!


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