#Reseñoviembre es una iniciativa que imita al reto de los artistas del #Inktober, pero desde el reseñismo y la divulgación, ofreciendo 30 reseñas en los 30 días del mes de noviembre, a menudo partiendo de unas palabras-estímulo comunes a todos los participantes.


Estímulo: ACUSADO/A
Obra: Huyamos por la izquierda: Las crónicas del León Melquíades,
de Mark Russell, Mike Feehan, Mark Morales y Paul Mounts.
Motivo: Estados Unidos, durante la Guerra Fría, no se limitó a acusar, sino a perseguir activa e injustamente a numerosos “disidentes” culturales por miedo a la Amenaza Roja. La infame caza de brujas es el telón sobre el que se sostiene esta obra. Macartismo ilustrado.


“Supongo que siempre me ha resultado más fácil identificarme con aquellos personajes que bordeaban la histeria, que tenían miedo de la vida, que estaban desesperados por llegar a otra persona. Pero estas personas aparentemente frágiles son, en realidad, las personas fuertes.”

Tennessee Williams

El arte es subversión, la propuesta novedosa que re-presenta el mundo a través de la expresión, literal o figurada, de la vivencia de cada artista en ese mundo, del milagro de su supervivencia diaria frente a la hostilidad disfrazada de inclusividad de la sociedad. Cuando deja de ser subversivo, el arte pierde una de sus señas identificativas, envuelto en la espiral acomodaticia de la complacencia y la complicidad con lo establecido, hasta que es superado por una nueva subversión que confirma su obsolescencia. El arte es, pues, un ciclo eterno de creación y destrucción, como la propia vida humana, y tratar de alterar ese ciclo causa su propia anulación generando una pausa creativa que acaba explotando cuando cesa la interferencia. Esto suele ocurrir en las dictaduras y, del mismo modo, se intentó que ocurriera en los EEUU de mitad del siglo XX, cuando el miedo al Comunismo en la posguerra mundial provocó una represión creativa, sublimada en el Comité de Actividades Antiamericanas avalado por el senador McCarthy. El resultado fue un intercambio de acusaciones, en muchos casos falsas, de espionaje y traición y una lista negra de artistas potencialmente subversivos. Como avatar de algunos de ellos se nos presenta al protagonista de ¡Huyamos por la izquierda!: Las crónicas del León Melquíades.

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Cuando William Hanna y Joseph Barbera crearon a comienzos de los años 60 a la versión definitiva de Melquíades (Snagglepuss), probablemente no estaban pensando en darle el peso y trasfondo que subraya la obra de Mark Russell y Mike Feehan. Aunque su carácter bohemio y pasión por el teatro (y la teatralidad) ya estaban presentes en aquel puma rosa amanerado que declamaba shakespearianamente y lanzaba monólogos a la audiencia. Esta nueva miniserie que trae al personaje animado a las viñetas es, en cierto modo, la fusión de Dalton Trumbo y, sobre todo, Tennessee Williams, aunque representa a varias voces del momento e incluso las introduce en la trama, como es el caso de Dorothy Parker y Lillian Hellman. Pero estos nombres requieren contexto también, porque los apenas 6 números en los que se presenta esta historia tienen un rico y profundo bagaje histórico, político y artístico.

Para ahondar en los referentes del guión de Russell, empezaremos por los que señala textualmente Melquíades cuando es consultado por sus principales influencias a la hora de escribir: la Mesa Redonda del Algonquin. Este círculo de intelectuales y miembros de la farándula, integrado por escritores, críticos y actores, toma su nombre de la mesa que ocupaban en el hotel Algonquin de Nueva York, cuyo punto en común era una mirada ácida, cínica y crítica al Hollywood de los años 20. En este grupo se encontraba Harold Ross, fundador en 1925 del periódico cultural The New Yorker que serviría como plataforma para los miembros de la Mesa. Una de las más influyentes fue la mencionada Dorothy Parker, poeta, literata y dramaturga de gran talento y lengua viperina que, años más tarde, acabaría renegando del grupo, tratándolos de graciosos con ínfulas, muy alejados de “gigantes” de esa misma época como Faulkner, Fitzgerald o Hemingway. Pero eso no le impidió entrar en la Lista Negra de Hollywood mucho antes.

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Esa Parker desilusionada, desdeñosa con su reputación y apartada de la escena tras ser incluida en una lista de miembros del Partido Comunista en 1950, es la que aparece en las páginas del tebeo como amiga distante e influencia en ruinas de Melquíades, a quien advierte de que le ocurrirá lo mismo. La escritora, cuyo trabajo más exitoso y conocido fue el guión de la primera Ha nacido una estrella (1937), terminó muy descontenta con varias de sus obras y con la escena hollywoodiense. Esta actitud vital la acompañaría hasta la tumba, escogiendo como epitafio jamás cumplido “Disculpen el polvo”. Y es importante la mención a su muerte, porque quien ejecutó su testamento como albacea fue Lillian Hellman, el otro nombre femenino de gran importancia para marcar el tono del cómic.

“No puedo ni tengo intención de recortar mi conciencia para adaptarme a las modas de este año”. Estas son las famosas palabras que Hellman dedicó al Comité de Actividades Antiamericanas y que recogió el New York Times el 22 de mayo de 1952. La dramaturga fue cuestionada por sus filiaciones comunistas de juventud, si bien ella negó la pertenencia al Partido y, como indica en la cita, jamás traicionó a sus conocidos de aquellos años. Como curiosidad ibérica, en los años 30 fundó junto a Parker y muchos otros la productora Contemporary Historians Inc. con el objetivo de realizar un filme propagandístico, Tierra de España (1937), escrito por Dos Passos y Hemingway y narrado por Orson Welles, para concienciar a los americanos de apoyar al bando republicano en la Guerra Civil. En el tebeo, tras una retransmisión pública de los juicios en la que Hellman dice algo similar a la cita original, tiene una conversación con Melquíades en la que sentencia que aquellos hombres no buscaban respuestas, porque ya las conocían; únicamente pretendían asimilar las voces discordantes en el monstruo uniforme de la hipocresía americana.

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Resulta evidente, entonces, que la profecía poco halagüeña de Parker respecto al destino del protagonista está prácticamente escrita en piedra, porque Melquíades es de todo menos un modelo de conducta para ese estricto gris impuesto por políticos incapaces, sostenidos en base a una cultura del miedo y al conocido “nosotros contra ellos”. Y aquí es donde entran los dos principales nombres ya mentados que conforman el trasfondo referencial del puma rosa. De Tennessee Williams toma parte de la apariencia y de su vivencia como homosexual sureño en Nueva York, pero especialmente el carácter descarnado de sus obras de teatro. Dramas que hablan abiertamente de la sexualidad y la pasión, a menudo ligadas a la frustración y a la impotencia vital, así como a la incomprensión de los problemas de salud mental, a menudo con protagonistas femeninas. No en vano, su hermana padecía esquizofrenia y fue lobotomizada, lo cual alimentó la depresión del actor, agravada por acontecimientos posteriores.

Los personajes de la obra de teatro de Melquíades, El corazón es un criadero de ladrones, podrían haber habitado los mundos de El zoo de cristal o Un tranvía llamado Deseo. Pero es que la propia representación que hace Russell de otras creaciones de Hanna Barbera en la obra también podrían encajar en esos dramas de Williams, especialmente el malogrado Huckleberry Hound. El perro azul es aquí un novelista acusado de perversión por su homosexualidad, alguien que no estaría fuera de lugar en De repente, el último verano, pero cuyo final será el de otros tantos en la lista negra. Sea como fuere, la representación de Broadway de Melquíades resulta subversiva e infraartística al Comité de Actividades Antiamericanas porque representa a una mujer que se compromete con un trabajador de hotel creyendo que tiene influencia para emplear a su desagradecido hijo y resulta ser un borracho apostador que se arruina, alzándola a ella como el único personaje con dos dedos de frente. La subversión, aparentemente, viene de que no haya un solo hombre competente y sea ella quien tenga la última palabra.

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Menor es la influencia, pero similar el destino, de Dalton Trumbo, guionista y novelista cuya actitud frente al Comité de Actividades Antiamericanas se asemeja a la de Melquíades cuando fue cuestionado por sus vínculos con el comunismo. El mayor alarde pro-soviético de Trumbo fue empatizar con los rusos, sosteniendo que la posición agresiva de la URSS era probablemente debida a la intimidación provocada por verse rodeados a un lado y a otro del país por el poderío militar norteamericano. Esto fue leído como una reversión del concepto de la Amenaza Roja, convirtiendo a los EEUU en amenaza y a la URSS en una nación a la defensiva, con lo que fue incluido en listas de pro-comunistas y, tras negarse como lo hiciera Hellman a delatar a antiguos “camaradas”, entró en la lista negra. Su futuro estuvo ligado a una mudanza a México, a la escritura bajo seudónimo y a la serie B hasta que en 1960, vía Otto Preminger y Kirk Douglas, pudo emprender el retorno a Hollywood. Melquíades no llega a exiliarse, pero sí que se verá obligado a participar en obras que percibía como de menor calado artístico: los dibujos animados.

¿Pero cuál es el delito de Melquíades a ojos del comité? Más allá de que sus obras no sean del agrado de los conservadores, el puma antropomorfo se gana esta enemistad con su desdén y sarcasmo hacia su cultura dictatorial, poniendo de manifiesto en todo momento que esa voluntad de hacer pasar a las personas creativas por el aro gris de la uniformidad es algo mucho más parecido a la idea que tienen del comunismo. Y ante la ridiculización, únicamente quedaba el juego sucio: una redada policial en el bar en el que se refugia para mantener su doble vida como homosexual en secreto. ¿El nombre del establecimiento? Stonewall Inn.

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El 28 de junio de 1969, el bar de Greenwich Village conocido como Stonewall Inn recibía una más de las injustas redadas que la policía homófoba realizaba en los locales conocidos por su clientela perteneciente a la comunidad LGBT+. El Stonewall era además uno de los más acogedores para las personas menos normativas dentro de esta comunidad, probablemente porque la mafia era dueña del bar y la policía, en consecuencia, solía hacer la vista gorda (en el caso del cómic, a cambio de sobornos). Pero aquella madrugada la policía se encontró con una resistencia inesperada y durante los días siguientes se sucedieron manifestaciones y disturbios (en unos tiempos en los que la lucha por los derechos civiles de las minorías estaba a la orden del día en varios frentes), dando lugar al germen de la lucha mundial por los derechos LGTB+. En conmemoración de este ataque al Stonewall, el 28 de junio se celebra el Día del Orgullo que, por tanto, este año alcanzaba su 50 aniversario.

Así pues, si bien la presencia de este altercado en un tebeo ambientado en 1953 altera la cronología de los acontecimientos, la referencia es clara y la densidad del trasfondo que Russell va otorgando a su miniserie suma capas (y le valió, precisamente, el premio GLAAD en la categoría de cómic este año). Como lo hace el hecho de que la mano que mece la cuna detrás de esta redada, la azuzadora del comité Gigi Allen, sea (además de una referencia satírica muy punk) una versión femenina de Roy Cohn, el abogado y mano derecha del infame senador Joseph McCarthy y de su caza de brujas.

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Y es su referencia hasta las últimas consecuencias. Roy Cohn fue el mayor perseguidor de potenciales espías y comunistas durante el macartismo, y cuando Allen es presentada en el tebeo, su primer diálogo hace referencia implícita (explicitada por la imagen) a un juicio que antes se nos mostraba en una pantalla de televisión, el de Julius y Ethel Rosenberg, condenados a muerte en 1953 bajo la sospecha de haber vendido a los soviéticos las especificaciones de la bomba atómica. Años más tarde, lo único de aquel juicio injusto que quedó probado es que, sí, él había tenido contactos con los rusos, pero su mujer no había tenido nada que ver, y sin embargo es la que sufrió el mayor castigo: la silla eléctrica estaba diseñada para un cuerpo de hombre, por lo que los electrodos no cumplían bien su función y no falleció hasta la tercera descarga.

Cohn, orgulloso y exitoso (hasta el punto de que llegó a ser asesor de Donald Trump en décadas posteriores), también se convirtió en martillo de la homosexualidad y de todas las “desviaciones” de la moral tradicional. Y al igual que su sosias en las viñetas, esto ocultaba una enorme hipocresía por su parte, pero le servía para su propósito, que no era el de defender el discurso que mantenía, sino la ascensión al poder y la relevancia, cayera quien cayera. En las páginas del cómic veremos en un momento concreto un atisbo de compasión en su rostro (y es que es admirable el trabajo de Mike Feehan con la expresividad de los rostros en esta obra, incluso en el caso de los animales), pero a pesar de que la desgracia ha sido provocada por ella misma, tampoco veremos consecuencias. Irónicamente, Cohn murió millonariamente endeudado a los 59 años tras contraer sida, si bien él sostuvo hasta la tumba que lo que le mataba era un cáncer de hígado.

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En definitiva, Russell plaga su obra de referencias, a la Historia real de los EEUU de la Guerra Fría en general y a la escena de Hollywood y Broadway en particular, y ahondar en todas ellas podría derivar en un catálogo que se alejaría demasiado de una reseña. Pero no podía quedar sin mencionar el interés amoroso de Melquíades, Pablo, y no porque él sea un personaje histórico, sino porque su trama tiene o bien un error del guionista, o bien un destino sumamente cruel para el personaje. Y es que Pablo es un exiliado cubano que se ve obligado a escapar del régimen del dictador Batista cuando comienza una persecución contra los homosexuales (que el propio Russell atribuye en las notas a la edición americana a Panamá, admitiendo la licencia).

El problema viene cuando el personaje abraza y participa en la Revolución cubana junto a Fidel Castro, con rostro triunfante tras derrocar al dictador y, posteriormente, escribiendo la buena nueva a Melquíades, a quien había recriminado su cinismo y manifestado la voluntad de luchar por su propio futuro sin importar las consecuencias. Y esto representa un problema porque lo que siguió en el gobierno castrista fue una nueva persecución homófoba y, en última instancia, la internación en campos de concentración de los capturados. El motivo aducido por Castro y los suyos era que los homosexuales representaban lo contrario a la revolución, subyaciendo la consideración de que lo gay era un vestigio yanqui que pretendía corromper la nueva nación cubana. Amargo sería el sabor en la boca de Pablo si la miniserie se hubiera extendido.

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Todo esto es el telón de fondo sobre el que Russell, Feehan, Morales y Dalhouse construyen una de las mejores historias que han sido publicadas en lo que va de siglo, pero no era su objetivo la documentación de una época, sino el triste reflejo que esta tiene en la actualidad y la invitación (casi agarrándonos de las solapas) para reaccionar. No sólo políticamente, lo cual resultaría más o menos evidente, sino artísticamente, creativamente y vitalmente. Nos rodea una mugrienta pátina de contento pasivo con los horrores que se nos acercan, confiando en que el tiempo, los demás, alguien lo solucionará, llámese auge de la ultraderecha, llámese cambio climático. Y en muchos aspectos ya es tarde, por lo que nos volvemos a encontrar en una encrucijada: continuar con la pasividad porque no hay nada que hacer ya, o responder y confiar en que alcancemos una solución que no se nos había ocurrido. Vivir, en suma.

Este espíritu de la obra de Russell está en las primeras páginas, en ese prólogo en el que Melquíades advierte a un aspirante a escritor: “Hijo, en la vida no luchas batallas porque esperas ganarlas. Las luchas simplemente porque necesitan ser luchadas”. Y la lucha por una cultura de identidades diferenciadas pero confluyentes, no normativas, diversas, personales, con alma, es una lucha que siempre merece ser luchada, pero que hoy en día es cuando más potencial tiene para ganarse. Los pasos que demos ahora como sociedad son los que determinen si volveremos un siglo hacia atrás, o si continuaremos mirando al frente. El poder nunca nos va a ayudar, porque el poder ensalza con una mano y asimila y constriñe con la otra a lo mismo que se ensalza. Como hace Russell, canalizando a Trumbo, empatizando con la Amenaza Roja en la Exposición Nacional Estadounidense de Moscú en 1959, en la que Richard Nixon departió en una cocina americana con Nikita Jruschov y este le echó en cara la vanagloria por el arte y la cultura estadounidenses que ellos mismos trataban de censurar.

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Este macartismo ilustrado nos trae ecos, pues, de una actualidad en la que, en tiempos de crisis, hemos vuelto a señalar a “los otros” como culpables de nuestra situación, derivando en el nuevo auge del fascismo y la xenofobia. Entretanto, los problemas se acrecientan y una gran masa, hastiada por la inacción de los políticos que podrían evitarlos, compra estos discursos extremos y antisociales bajo la ilusión de un cambio, obviando que aún no hemos tocado fondo y el abismo ya nos devuelve la mirada. Sin embargo, no debemos olvidarnos que el mensaje que pretendía transmitir la obra, entre alardes historicistas y monólogos sobre la labor del artista, es uno de esperanza. Así, a través de las palabras de James Anthony Froude, Melquíades nos grita desde la página: “Entramos y salimos de este mundo solos. Así pues, durante el gloriosamente breve suspiro intermedio, debemos vivir nuestras vidas del modo en que queramos vivirlas. Sin importar las consecuencias”. Luchemos. Subvirtamos. Y vivamos.

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Huyamos por la izquierda:
Las crónicas del León Melquíades,
de Mark Russell, Mike Feehan, Mark Morales
y Paul Mounts
ECC Ediciones

Contenido: Exit Stage Left: The Snagglepuss Chronicles #1-6 (DC Comics, 2018)

Cartoné. 168 páginas. 17.95€. Desde el 20/08/2019.


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