“Mis sueños están llenos de panteras. Mis sueños están llenos de cuero y crema, de orín cálido y leche agria, de metal y fuego, de paredes de satén que rezuman vino, de gruesas lenguas lamiendo mármol, de campos de dorado vello púbico, de sábanas manchadas con plátanos blandos. Mis sueños dormidos y despiertos. Mis sueños extremos.”

La rutina es la grasa que lubrica los engranajes de la maquinaria social que mantiene el mundo girando. La rutina es el mal necesario que nos proporciona estabilidad, seguridad, que nos asegura un cubículo propio en ese idealizado mundo feliz. La rutina es la amante a la que creímos haber abandonado, de la que renegamos cuando se nos pregunta por nuestra vida, pero con cuyo recuerdo aún nos masturbamos en noches solitarias. La rutina es la muerte del deseo como aventura futura, del deseo como noche loca en la que tomamos la decisión correcta, del deseo como aspiración más allá de la comodidad del cariño respetuoso. La rutina es la eutanasia de la juventud.

…y entonces nos topamos con el traje del Extremista.

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Todos tenemos nuestros disfraces, nuestras máscaras bajo las cuales nos comportamos como otras personas, personas que creemos mejores que nosotros, personas que creemos que somos nosotros. Un traje elegante, un vestido sugerente, un perfume penetrante, un maquillaje seductor… Encontramos nuestra vía de escape de la rutina con esta momentánea transformación en nuestro mejor yo, esperando ser apreciados, valorados, deseados en esta versión óptima de nuestro ego. Al final del día, todo quedará en una aventura tonta, en un recuerdo agradable, o en el más amargo de los arrepentimientos, sumidos en la vergüenza por haber sido rechazados al mostrarnos desnudos al mundo.

El traje del Extremista que nos proponen Peter Milligan y Ted McKeever, una segunda piel de látex, cuero negro, cadenas y argollas, un fetiche sadomasoquista que cubre nuestra identidad civil, ofrece la vía de escape, el disfraz definitivo para desatar nuestros deseos y pasiones más oscuros, violentos, extremos… sin miedo a las consecuencias. Es el caso, con muy diferentes resultados, de los tres personajes que a lo largo de esta historia se enfundarán el rostro del Extremista, la parafílica sonrisa de metal del asesino de una Orden desconocida. Así, su deber es impartir una justicia que, al mismo tiempo, permite a su ejecutor librarse de la atenazante rutina en una espiral de sangre, sudor y secreciones genitales.

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Esta miniserie vio la luz en el sello Vertigo de DC Comics, y la única razón por la que menciono a su editorial madre es porque, en el fondo, The Extremist podría interpretarse como una reimaginación psicosexual del concepto del superhéroe. O al menos de un tipo concreto de superhéroe, el antihéroe de métodos cuestionables, el vigilante que no busca inspirar heroísmo sino infligir temor en los criminales con su mera presencia. El traje del Extremista es como la máscara de un hombre murciélago, que encuentra en su modo de impartir justicia una mezcla de venganza y placer que, bajo su verdadero rostro, tacharía de culpable, pero que en el fondo oculta una prohibida satisfacción.

Y es que tanto hincapié en el traje se debe a que es el auténtico protagonista del relato, la herramienta para cumplir los deseos más oscuros de quien se lo enfunda. Pero, ante todo, es un símbolo de poder, de ese poder que la rutina les niega y el Extremista celebra. Quien lleva el traje puede vivir la ilusión de control sobre su vida que siempre soñó. Es un objeto codiciado. Es una droga y una adicción. “El disfraz te libera, te seduce, te viola”, se dice en una ocasión, y ese mismo personaje siente la necesidad de quitarse el traje momentáneamente para recuperar un cierto grado de fuerza de voluntad, frente al adictivo paroxismo erótico-violento que le proporciona la prenda.

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Entendiendo esto así, ¿no tiene el concepto de “identidad secreta” una carga de misterio ciertamente sensual en el que nuestro yo rutinario se diluye y puede jugar a ser otra persona? La cuestión de la identidad es otro de los ejes sobre los que pivota la obra de Milligan, desde el momento en que es tal la seducción del traje del Extremista que, una vez disfrutada su aura de poder, pasa a constituir la totalidad del auténtico yo que lo viste. Se diluye todo atisbo de personalidad y únicamente queda la personificación fetichista de la ausencia de límites en lo que respecta al deseo de cada cual.

Cuando sales del traje, dejas de ser tú y te disfrazas de persona normal. Te pones la aburrida máscara de la rutina, carente del misticismo prohibido de tu otro yo, de tu verdadero yo, contando las horas que quedan para volver a enfundarte de auténtica piel. Esto lleva, inevitablemente, a una espiral insana de la que los personajes de esta obra sólo pueden escapar con la muerte, sufriéndola por querer mantener en equilibrio de algún modo sus dos vidas, infligiéndola para tratar de liberarse definitivamente, o topándose con ella al ser indigno de portar el manto, ahogado y desgarrado por las zarpas de la cotidianeidad.

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Casi 25 años han pasado desde la publicación de este tebeo y, sin embargo, su mensaje está tanto o más vigente que en su época, en un presente en el que las redes sociales se han transformado en nuestro traje del Extremista. Cualquiera puede mostrarse al mundo tal y como desea, comportándose de forma distinta a la de nuestro rutinario día a día, mostrando la mejor versión de nosotros mismos a través de fotografías y vídeos que resaltan unos colores a menudo no presentes en nuestras grises vidas. Todos podemos ser el Extremista si escogemos llevar esa dicotomía vital en la que, más frecuentemente de lo que admitimos, preferimos a nuestro yo de internet que al yo que transportamos en forma de cuerpo a nuestro instituto, universidad o lugar de trabajo. En el fondo, hay una parte de nosotros que desea un mundo sin normas ni límites, sin nadie que nos juzgue, donde dar rienda suelta a nuestros deseos y pasiones.

Pero The Extremist es ficción, y ahora toca volver a la vida que hemos forjado dentro de nuestra apacible rutina. ¿No es, acaso, lo más cómodo y apropiado?


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The Extremist
,

de Peter Milligan y Ted McKeever
Vertigo Comics / Recerca Editorial

Contenido:
The Extremist #1-4 (1993)

Tapa blanda. 104 páginas. 9.25€. Desde el 21/03/2003.