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Capricho #43 (Francisco de Goya, 1799)

Como una posible interpretación del famoso capricho de Goya, cuando el ser humano deja a un lado la razón, los monstruos están llamados a aflorar. Y si bien a mediados del siglo XX el mundo creyó haberse librado de todos sus monstruos tras el mayor conflicto de su historia, la realidad era bien otra.

«El sueño de la razón produce monstruos»
Tres son los hitos que marcan la monstruosa era de la editorial Atlas Comics que precedería al nacimiento del universo Marvel a finales de 1961. El primero, histórico, es la Guerra Fría entre Estados Unidos y la URSS, marcada en el lado americano por una exaltación del capitalismo casi tan potente como el opuesto rechazo al comunismo, tanto soviético como chino. Por supuesto, estas ideas quedaban también reflejadas, con cierta vocación doctrinal, en las historietas juveniles, bien por su valor “educativo”, bien por desmarcarse las editoriales de toda duda sobre su lealtad: recordemos que los primeros años 50 están marcados por la “caza de brujas” comunista del Macartismo.

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Seduction of the Innocent (Fredrick Wertham, 1954)

El segundo de los hitos, el social y concretamente aplicado a estos objetos culturales destinados a la juventud, fue la creación del comité censor de la Comics Code Authority, para proteger las débiles mentes de los infantes ante exposiciones violentas u obscenas, denunciadas por el psiquiatra Fredrick Wertham en la infame Seduction of the Innocent. En el caso de los cómics, bien es sabido que esto supuso la práctica cancelación de la mayoría de títulos de terror o que tuvieran una temática más adulta, generando una monotonía temática en los géneros y forzando a los autores a buscar vías alternativas para caminar sobre la fina línea de la censura.

En este contexto sociohistórico, muy someramente resumido, sobrevivía a duras penas Atlas Comics, antaño Timely Comics. De 1952 a 1956 distribuyó sus propias historietas, pero unos necesarios recortes les llevaron a ser distribuidos por la American News Company, prácticamente un monopolio (similar a la actual Diamond Comics Distributors), que tuvo que cerrar en 1957 por problemas con la ley. Así pues, Atlas acaba rogando a Independent News, distribuidora de su más directa competencia, National Periodical Publications (futura DC Comics), que saquen sus historietas al mercado. Evidentemente, lo hicieron con condiciones, reduciendo los títulos de Atlas a apenas ocho publicaciones mensuales. De este modo, de 1957 a 1961, el famoso globo del sello Atlas desapareció de las portadas, sustituido por un escueto “Ind.”. Y es precisamente en esta segunda época de la editorial en la que afloraron los clásicos monstruos de Jack Kirby y compañía. ¿Por qué razón?

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Gojira (Ishirô Honda, 1954)

Pues tal vez fuera debido al tercer hito, el cultural y, más concretamente, cinematográfico: 1954 es el año en que llega a las pantallas japonesas Gojira, de Ishirō Honda (en España: Godzilla, Japón bajo el terror del monstruo). La película, una nada sutil metáfora sobre el horror nuclear, derivado evidentemente de la tragedia de Hiroshima y Nagasaki que puso fin a la participación del imperio japonés en la II Guerra Mundial. De hecho, el argumento clásico nos presenta a la criatura como un ser primigenio que habitaba en las profundidades del planeta cuyo hábitat fue perturbado por la perpetración de pruebas nucleares en el Pacífico.

De la gran pantalla a la pequeña viñeta
El éxito de la película en Estados Unidos, que ya tuvo su propio monstruo en los años 30 con King Kong, motivaría la producción de un remontaje americano, tomando escenas de la original japonesa e intercalándola con otras rodadas con actores estadounidenses. Sin embargo, la crítica social y profundidad argumental que pudiera tener la original se perdió, tomando apenas 16 minutos de Gojira para la creación de la que vendría a llamarse Godzilla, King of the Monsters!, dirigida por Terry Morse y estrenada en 1956. El enorme éxito en Japón y el salto a la fama de su productora, Toho, derivó en una franquicia imperecedera de películas de monstruos gigantes que eran constantemente exportadas a Estados Unidos. Así se creó un universo de monstruos japoneses enfrentados a Godzilla, tales como King Ghidora, Mothra o Gamera, lo cual engendraría su propio género, el kaijū eiga (literalmente, “películas de monstruos”).

La fiebre de los monstruos gigantes en el cine fue tal que llegarían a aparecer en todo tipo de producciones. En los 7 años que siguieron al estreno de Gojira hasta el final de la era Atlas, se estrenaron en Estados Unidos hasta 20 películas con monstruos gigantes. Desde el pulpo de Surgió del fondo del mar (1955) hasta el lagarto prehistórico Reptilicus (1961), pasando por arañas, saltamontes y hormigas radioactivas, pero también por los seres mitológicos de Simbad y la princesa (1958). La culminación del hermanamiento cinematográfico japoamericano llegaría con la coproducción en 1962 de King Kong contra Godzilla (cerrando, por cierto, el círculo etimológico: “Gojira” era la fusión de las palabras japonesas para “gorila” y “ballena”), otro éxito enorme que dejaría casi 3 millones de dólares en la taquilla americana (más de 12 veces lo puesto) y 350 millones de yenes en la japonesa (¡70! veces el presupuesto). Era evidente que a mediados de siglo el público pedía monstruos.

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Tales to Astonish #34 (Ago. 1962)

¡Y monstruos les dieron, también en los cómics! Atlas, en busca de nuevas ideas para seguir produciendo mensualmente material de entretenimiento para todos los públicos bajo la estricta mirada de la Comics Code Authority, se hizo eco del hambre monstruosa y dedicó, parcialmente, hasta cuatro cabeceras para presentarnos gigantescas y terroríficas criaturas de creación propia (o reinventadas a partir de mitos clásicos): Strange Tales, Tales to Astonish, Tales of Suspense y Journey into Mystery. No son títulos extraños para el aficionado a los superhéroes clásicos, dado que vieron nacer allí a varios de los más famosos personajes de la editorial: Iron Man, Hulk, Thor, Doctor Extraño… Pero antes de ellos estas cabeceras eran antologías de relatos fantásticos, de ciencia-ficción y de terror, obras de género que se adaptaban a las exigencias del público. Y así llegaron los monstruos.

Más de medio centenar de criaturas, la mayoría de ellas creadas desde sus portadas por las manos de Jack “El Rey” Kirby, se pasearon mensualmente durante apenas un lustro por las publicaciones de Atlas. Y aunque sus diseños pueden parecer ciertamente redundantes, no lo eran tanto como sus orígenes. Sin embargo, a pesar de lo camp, derivativos o directamente absurdos que suenen en una descripción, vistos hoy en día con ojos de amantes de lo añejo y kyrbiano, es imposible no sentirse inmediatamente magnetizado por su presencia. Seres desproporcionados, de ojos saltones y bocas enormes; gigantes primigenios que habitan en las profundidades y creaciones humanas que salieron mal; criaturas mitológicas de todas las culturas fagocitadas en relatos insignificantes, pero que precisamente acercan al lector a esos mitos y a la Historia… Es necesario ponerse en situación, viajar a esa época, y mirar a través de los ojos de sus creadores para comprender la dificultad y, a su vez, la soltura con la que generaban mensualmente nuevos mitos de nombres estrambóticos y, sí, a menudo confusos y demasiado similares a otros, con incontables Rs y Gs en sus nombres, para una mayor rotundidad conceptual (*). Pero que me aspen si al mirar a Orrgo el Indómito, a Xemnu el Titán o a Googam, Hijo de Goom, no se nos erizan los pelillos de la nuca por la (falsa) nostalgia de una época que muy probablemente no vivimos, pero que nos cautiva poderosamente.

Nueva mitología para la Era del Átomo
Es en esta aparente simpleza y repetición de los conceptos detrás de cada nuevo monstruo donde cerramos el círculo con el hito inicialmente mencionado: la segunda posguerra mundial y su correlativa Guerra Fría. ¿Qué tenían que ver Kraa el Inhumano o Grottu el Rey de los Insectos con Eisenhower, Khrushchev, la República Popular China o la Crisis de los Misiles en Cuba? La respuesta es más sencilla de lo que parece y nos retrotrae a Godzilla. Y es que, si la versión original japonesa convertía al monstruo en destructora alegoría del holocausto nuclear producido por las bombas atómicas, no serían pocos los monstruos que emularían, de un modo u otro, estos mismos orígenes. Aunque, por lo general, lo harían culpando (evidentemente) a soviéticos y comunistas, y conectando así con el macartismo y la mencionada necesidad de posicionarse editorialmente contra todo lo que oliera a “rojo”.

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Kraa era un nativo africano afectado por pruebas atómicas secretas de la URSS. (Tales of Suspense #18, Jun. 1961)

Con los soviéticos en plena moratoria de pruebas nucleares en los años de ebullición monstruosa en Atlas Comics, desde noviembre de 1959 hasta septiembre de 1961, a menudo se mostraba a hombres que se autodenominaban “camaradas” realizando pruebas atómicas en lugares recónditos, lejos de las miradas americanas, y provocando la aparición de muchos de estos monstruos. En los ejemplos mencionados, Kraa el Inhumano era un miembro de una tribu africana que, tendida una trampa en un campo de pruebas secreto, acababa bombardeado por la contaminación atómica de los soviéticos, viéndose su cuerpo deformado hasta adquirir la forma de un gólem totémico. Por su parte, Grottu no es más que otro caso de lo mismo, aunque con otro recurso bastante recurrente, el de formas de vida irracionales que adquieren conciencia y un tamaño considerable a raíz de la radiación nuclear, en este caso, una hormiga gigante que se autoproclama “Rey de los Insectos”. Por este mismo camino encontraríamos a Monstro, un pulpo gigante que atacaría la costa soviética después de que unas pruebas nucleares le otorgaran su desproporcionado tamaño (y su nada original nombre).

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Strange Tales #89 (Oct. 1961)

La Guerra Fría permitía estos acercamientos adoctrinadores, aunque vacuos e inofensivos respecto a la URSS. Prueba de ello es que se mostraban mucho menos conciliadores con la China comunista. Y es que, si los supervillanos contaban con Garra Amarilla o el propio Fu Manchu, esta nueva hornada de monstruos no podía pasar por alto la oportunidad y generó a uno de los más icónicos y emblemáticos de los monstruos Marvel: Fin Fang Foom, el ser dragontino perteneciente a una milenaria especie alienígena asentada en Asia que habría dado lugar a las leyendas y mitos relacionados con los dragones en China. Sin embargo, este horror amarillo resultó fácilmente manipulable y en su debut en Strange Tales #89 (Oct. 1961) era provocado por un joven chinoamericano (¿cómo no?) para guiarlo a un campamento comunista que el monstruo arrasaría en busca de su enemigo. Finalmente, el héroe devolvería al dragón a un sueño eterno, cumplido su deber. Sólo la inteligencia de un hijo de América podía derrotar al Comunismo, claro.

En cualquier caso, y volviendo al conflicto con los soviéticos, también se daban intentos de conciliación. Tanto es así que, a finales de 1961, en un futuro alternativo en el que ambos bandos estaban al borde de la destrucción total por la acumulación de armamento nuclear, veíamos nacer a Lo-Karr, el Portador de la Condenación. Estrambótico nombre para una gigantesca criatura alienígena que fulminaba con su mirada aquello que se pusiera en su camino… pero que, en realidad, era un robot creado por un científico preocupado para mediar con las naciones en conflicto. Así, la criatura anunciaría la llegada próxima de una poderosa armada invasora de su especie que conquistaría el planeta, justo antes de desaparecer a ojos de los viandantes. En última instancia, esto provocaba una alianza de todas las naciones contra una futura amenaza común, mayor que todos ellos, alcanzando así una tregua y la paz deseada por el científico, el único hombre que sabía la verdad (y no, no se hacía llamar Ozymandias…).

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“Cuando lleguen aquí arrasarán vuestras ciudades, aplastarán vuestras armas y reducirán vuestra civilización a escombros.” (Lo-Karr en Journey into Mystery #75, Dic. 1961)

Sin embargo, estábamos hablando de tebeos de entretenimiento para jóvenes, no de panfletos políticos disfrazados de seres tentaculares. La mayoría de los monstruos que aparecieron en la era Atlas eran criaturas anecdóticas que reflejaban la cultura, los intereses y las preocupaciones de la época, hasta el punto de que podían dividirse en tres tipos mayoritarios: alienígenas, experimentos humanos llevados demasiado lejos y seres primigenios habitando en el interior de la Tierra.

Vinieron del espacio exterior…
Podía ocurrir que la criatura perteneciera a más de uno de los grupos. Es el caso de uno de los primeros, Anuxa, que debutó en enero de 1960 en Tales to Astonish #7. Su especie lo envió a la Tierra con la misión de asentarse y esperar a que la especie dominante, como en tantos otros planetas, se autodestruyera para proceder a la conquista. Al ser descubierto por un submarino nuclear, el monstruo lamenta que en su espera de un millón de años las guerras no hayan sido suficientes para alcanzar su propósito… Sin embargo, al contemplar el armamento nuclear disponible en aquel momento, regresa esperanzado al glaciar donde dormitaba, convencido de que el final no estaba lejos. Como decíamos, las preocupaciones de la época alimentaban estas historias, y el miedo motivado por la escalada armamentística estaba más que presente a mediados del siglo XX.

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Tales to Astonish #8 (Mar. 1960)

Pero estos monstruos también reflejaban temas más prosaicos de los que se hablaba en la época, con especial atención al cine más allá del de monstruos gigantes. Y es que en 1959 tuvimos, por ejemplo, una nueva iteración de La Momia, dirigida por Terence Fisher y protagonizada por Peter Cushing y Christopher Lee en la famosa productora británica Hammer. Este remake de la original americana de Boris Karloff redescubrió el interés por los misterios del Antiguo Egipto, y los cómics así lo absorbieron, aunque con monstruos de un tamaño más considerable. Así, en marzo de 1960 descubrimos a Mummex, el Rey de las Momias, un alienígena que buscaba a compatriotas naufragados en el Antiguo Egipto y que confundió los vendajes momificados con los trajes espaciales de su especie. Y en julio del mismo año despertó Shagg, la Gran Esfinge de Guiza que resultó ser un monstruo mecánico del espacio exterior en estado de hibernación.

Preocupaba, pues, la posibilidad de hallar vida inteligente en otros planetas o, mejor dicho, que esa vida inteligente estuviera entre nosotros, ya fuera como un peligro o un aliado potencial. Pero esto no era menos preocupante que el hecho de que, del mismo modo que las armas mejoraban a gran velocidad, la inteligencia artificial comenzara a desarrollarse fuera de control en nuestros laboratorios. Lo que nos lleva al segundo grupo, los monstruos generados por la mano del hombre.

Jugando a ser dioses
Dejando a un lado las criaturas relacionadas con experimentos químicos o armamentísticos (os sorprendería la cantidad de insectos y plantas que pueden recibir su puntual dosis de rayos y sueros de crecimiento “por error”), detengámonos un momento en la rebelión de las máquinas. Uno de los precursores en Atlas de estos monstruos, íntegramente mecánicos, debutó en diciembre de 1959 en Strange Tales #72 y su nombre era Coloso el Súper Ordenador.

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Strange Tales #72 (Dic. 1959)

El relato nos presentaba un planeta Tierra gobernado en el año 2020 por una inteligencia artificial global (¿Internet, decís?) que construiría un gigantesco robot. La humanidad, convencida de haber sido traicionada, atacaba y destruía al Coloso robótico, procediendo a pedir explicaciones a la IA. ¿La respuesta? Conocedora del recelo que suscitaba su gobierno y de lo próximo que estaba su deterioro definitivo, el Súper Ordenador construyó una copia antropomorfa de sí misma que, por tanto, resultara más “amigable” a ojos de un ser humano, y su tamaño era el necesario para albergar toda la información contenida en la IA. Destruida la copia y dañada la original, la humanidad quedaba desamparada por su desconfianza y su destructiva impulsividad. Menos benévolos serían Elektro, otro súper ordenador que tomaría conciencia y se manifestaría en un robot maligno, o Metallo, la armadura viviente que tras ser pilotada por un fugado acabaría tomando su conciencia.

Pero nunca fue más evidente la mano del hombre en la creación de criaturas terribles como cuando las historietas recurrían a la metanarrativa, es decir, al cómic dentro del cómic. Dos son los casos evidentes: X el Desconocido, que surgió en junio de 1961 en el Tales to Astonish #20 de la mente de un guionista de cómic que escribía su próxima historieta en una máquina de escribir encantada, resultando en la génesis del monstruo; y Zzutak, cuyo creador, en este caso un dibujante de cómics, recibía unas pinturas mágicas de un chamán azteca con el poder de dar forma tridimensional a todo aquello que dibujara. Por supuesto, la hibris llevaría al dibujante (con un conveniente parecido a Kirby) a utilizar un gigantesco lienzo, dando vida al monstruo en Strange Tales #88 de septiembre de 1961.

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Zzutak, la Cosa que No Debería Existir (Strange Tales #88, Sep. 1961)

Lo que el tiempo olvidó
Al hilo de esa hibris, llegamos inevitablemente al tercer y último grupo, el de los habitantes primigenios de la Tierra, frecuentemente despertados por los seres humanos, como ya ocurriera con Godzilla y las explosiones nucleares. A este grupo pertenece también la usual fagocitación de mitos ajenos, adaptándolos y simplificándolos a la cultura americana para narrar estos relatos breves. Así, en la era Atlas tuvimos la reimaginación de Polifemo, el mítico cíclope de la Odisea (Tales of Suspense #10) que aparecería, casualmente, en el mismo número en el que unos arqueólogos se topaban con Medusa. Aunque la más obscura revisitación la tendríamos con Roc, el águila gargantuesca presente en numerosas mitologías de Oriente Medio. ¿Cómo era posible que un ser tan culturalmente lejano y no demasiado prodigado apareciera en un tebeo juvenil a mediados de los años 50? La respuesta, al comienzo de este artículo, donde mencionábamos ejemplos del boom monstruoso en el cine americano: el héroe se enfrentaba a un Roc bicéfalo en Simbad y la princesa, e incluso aparecía en el cartel de la película en 1958.

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Tales to Astonish #10 (Jul. 1960)

Y si Simbad era famoso, más lo eran las 20.000 leguas de viaje submarino de Richard Fleischer en 1954 donde, efectivamente, contábamos con el calamar gigante. Y es que, aunque aún faltaba mucho para que Tiburón nos hiciera recelar de tomar un baño en la playa, el mar sería otra mina para los monstruos de Atlas: seres gigantescos procedentes de las profundidades submarinas. Titano, el monstruo crustáceo gigante; los Gigantus de la ciudad submarina de Mu; Gargantus, la Cosa que Camina como un Hombre… El miedo a lo desconocido habitaba en esas criaturas abisales más allá de lo explorado. Aquí se plantaron las semillas, junto con los monstruosos habitantes de las capas más bajas de la Tierra, para la posterior creación, ya en el universo Marvel, de los Desviantes.

Esta especie de tiranos de la humanidad anteriores al Diluvio Universal (que en la continuidad marvelita fue provocado por los Celestiales como castigo a los Desviantes, con el consiguiente hundimiento de Lemuria y la Atlántida) acabaría atribuyéndose la creación de (o influencia en) la mayoría de los monstruos subterráneos de Atlas a través de retrocontinuidad. Hombres Insecto, Hombres Lagarto, Hombres de Piedra, el Rro del Abismo Infinito… todos ligados a los Desviantes y empezando a ser incorporados a la continuidad a finales de 1961 en Fantastic Four #1, con el viaje de la Primera Familia a la Isla de los Monstruos (concepto en el que, ahora sí, se adelantarían a Godzilla, que no reunió a sus compañeros en una isla hasta 1968, en Invasión extraterrestre y la posterior La isla de los monstruos).

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Fantastic Four #1 (Nov. 1961)

Hacia una Edad de Bronce de los monstruos
Herederos de la era Atlas de los cómics, además de los monstruos que fueron recuperados para la continuidad como Fin Fang Foom u Orrgo, son aquellos seres que el maestro Kirby fue incorporando al universo Marvel, especialmente a la serie de los Cuatro Fantásticos. Ya en ese primer número conocíamos a algunos como el Tricéfalo o Ugu el Neolítico, pero también vendrían Giganto, Gormuu, Skreeal… Toda una serie de criaturas que, reunidas o no en una isla monstruosa, conforman hoy en día un rincón añejo y atemporal del universo Marvel que no habría sido posible sin esa era de incertidumbre que fue el período Atlas de la editorial.

Actualmente vivimos un revival de los monstruos, desde Pacific Rim hasta el renacimiento de Godzilla o del reciente gran simio en Kong: La Isla Calavera, que se verán las caras en una próxima película. Y los cómics no iban a ser menos. Marvel ya recuperó a la cazadora de monstruos Elsa Bloodstone durante las Secret Wars, si bien en este caso se enfrentaba a una horda de Marvel Zombies. Más recientemente tuvimos una nueva iteración de los Comandos Aulladores con un equipo formado por diferentes monstruos Marvel, en el que robaba la función una cariñosa creación de Kirby en la era Atlas: Orrgo el Conquistador. En los Nuevos Vengadores de Al Ewing hemos presenciado el origen de ese híbrido entre Godzilla y el jingoísta Nuke que es el Kaiju Americano. Y hasta el kirbyano Dinosaurio Diabólico tiene cabecera propia acompañando a Moon Girl, la inhumana de 8 años más inteligente del planeta.

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Como reflejo de este intento de crear una nueva era monstruosa, ahora llega a España el despreocupado minievento de pura y dura diversión a mayor gloria de la era Atlas en Monsters Unleashed!, título homenaje a la revista setentera de terror en la que los relatos los protagonizaban monstruos más clásicos como el Hombre Lobo o el Monstruo de Frankenstein. Nada que ver con nuestros estrafalarios amigos kyrbianos de nombres rimbombantemente ominosos. Este año tendremos un destino vacacional perfecto en la Isla de los Monstruos.

¡No olvidéis vuestros trajes de baño anti-radiación!

(*) Os propongo un trabalenguas memorístico. Intentad leer seguidos todos estos nombres de monstruos y apuntad después en un papel cuántos recordáis. Quien más escriba, con todas las Rs y Gs en su cantidad y lugar, gana:

Gorgilla – Gorgolla – Grogg – Rro – Rorgg – Orrgo – Orogo
Sporr – Spragg – Shagg – Kraa – Krang – Kraggoom
Dragoom – Droom – Groot – Gruto

(Artículo publicado originalmente en la revista Marvel Age #17 y después en Zona Zhero)